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CAPÍTULO XXV RESOLUCIÓN DE LA COMISIÓN DE SABIOSCAPÍTULO XXV
LAS CONCLUSIONES DE LA COMISIÓN DE SABIOS
Donde se demuestra la inocencia de los acusados por el Gran Inquisidor
Pipino se dispuso a realizar el viaje pendiente al oasis de Bahariya para conocer el dictamen de la comisión de sabios, presidida por Ib Abenibe, y compuesta por los monjes dom Teodoro, dom Acisclo, además de Arsenio, el botánico de Esmirna, y Demetrio el joven. Así que, tal como había prometido, después de solucionar felizmente los conflictos en el reino de Capachota, embarcó en el Verge del Bon Viatge para emprender el trayecto hasta Alejandría. En el barco montaron, por si era necesaria como ocurrió en el primer viaje, la pieza de artillería defensiva que habían fabricado para la ocasión y que definitivamente bautizaron como falconete, y con ella se hicieron a la mar rumbo a Egipto. Mientras tanto el rey Jaume I está luchando para conquistar Mallorca, donde ha encontrado una resistencia feroz en la Sierra de Tramuntana en el noroeste de la isla. Nuestros viajeros llegaron sin novedad al puerto de Alejandría y, en unión de su amigo el comerciante egipcio Amehed Tsabu, emprendieron la segunda parte del viaje, esta vez en caravana, hacia el oasis de Bahariya. Una vez allí el príncipe Pipino se reunió con el resto de los componentes de la comisión de sabios. Las conclusiones de los estudios realizados con el nuevo serpentín fabricado para efectuar sus destilaciones y ensayos de laboratorio fueron las siguientes: Primera: En el lupus oasibus, la hierba que dotó del don del habla a Isabelito, no había ningún componente que pudiera considerarse de origen diabólico, por lo que se descartaba la intervención del maligno. Segunda: El cerebro de las personas y de los animales es realmente el motor de sus actos y del aprendizaje del lenguaje, por lo que el hecho de que Isabelito hablara era consecuencia de un desarrollo excepcional de sus facultades, pero no antinatural, si bien reconocieron que el don del habla no podía ni debía extenderse a los congéneres de Isabelito y otros animales porque se trataba de una facultad específicamente humana. En estas una caravana entró en el oasis con un cargamento de cotorras que, como es sabido, son animales que también aprenden a repetir palabras y frases, siendo además un animal muy corriente y de intelecto notablemente inferior al de un caballo. La presencia del cargamento de cotorras sirvió para demostrar que hay animales que de forma natural son capaces de articular palabras y por lo tanto constó como un argumento más para demostrar la inocencia de Pipino y protegerle a él y a Ib Abenibe de posibles acusaciones por parte de la Inquisición. Los dos monjes regresaron satisfechos a su monasterio, después de firmar el acta con las conclusiones antes comentadas, llevándose una cotorra para demostrar a sus priores la bondad y veracidad de sus estudios. Al regreso a Alejandría, el Verge del Bon Viatge y su nostramo Joseph Creucer le aguardaban ya preparados con un cargamento de algodón y lino puesto que un viaje así no se podía desaprovechar; así que Pipino pudo emprender el regreso en cuanto la marea permitió salir del puerto. En este viaje de retorno se toparon con una nave pirata que les dio ocasión de probar la efectividad del falconete, pues al empezar la lluvia de flechas incendiarias, ellos respondieron situando el falconete a popa y sólo con el primer disparo rompieron la arboladura del bajel que los acechaba e incendiaron su velamen, con lo cual los piratas tuvieron que abandonar la persecución. Sin otros incidentes el Verge del Bon Viatge se dirigió hacia el sur de Cataluña en busca de refugio en el Port del Fangar, donde Creucer descargaba sus mercancías con total seguridad. Ricardo, en virtud de su nueva responsabilidad oficial, fue el encargado de organizar la distribución de las mercaderías en los reinos de Capachota y de Tomerlandia. Y finalmente, Pipino, a lomos de Isabelito, libre ya de persecuciones, se dirigió a su tierra natal para resolver otro tipo de asuntillos más personales como la resolución de su tan esperado compromiso con la princesa Menegilda. PREMIOS Y CASTIGOSCAPÍTULO XXIV
PREMIOS Y CASTIGOS
Donde se narra la dispar suerte que corrieron amigos y enemigos de nuestros héroes
El cabildo de la catedral de Santa Tecla del Pino, patrona de Capachota, organizó una procesión en acción de gracias, pese a que Igor insistía en que también debían depurarse las responsabilidades que el cabildo había tenido por no actuar a su debido tiempo para evitar las injusticias sufridas por el pueblo. Los legítimos reyes, Sus Majestades Pacota VI y Güelfa, se hicieron cargo del gobierno del país nombrando, en primer lugar, a Pipino como heredero del trono y que ejercería la función de edecán. Pipino recordó a su padre que tenía el compromiso de acudir a Bahariya para conocer los resultados de la deliberación de la comisión de sabios y su proyecto de creación de una sociedad, en la cual participarían el príncipe Igor y el navegante Joseph Creucer, para el desarrollo de armas defensivas para las naves comerciales que surcaban el Mediterráneo. Sugería que en su ausencia aceptara que el príncipe Igor fuera su edecán puesto que había demostrado, no sólo su lealtad y valor personal, sino también su capacidad de organización, y que para el futuro se contara con su asesoramiento en los asuntos de gobierno. La propuesta fue aceptada entre los aplausos de los leales cosacos a los que debían su liberación. A éstos se les ofreció la oportunidad de instalarse en la ciudad, unos como guardia real y otros para que pudieran formar sus propias familias y engrandecer la población. A Ricardo, el chamarilero, por los servicios prestados y el valor demostrado, se le ofreció un cargo oficial con el propósito de incrementar la expansión comercial del país. Recordando la petición de Isabelito, también propuso Pipino que a sus amigos Jaume y su abuela, a los que debía gratitud, se les ofreciera la oportunidad de vivir en mejores condiciones de las que tenían, rogando a su egregia madre que a ella la nombrara supervisora de la cocina real y a su nieto su escudero personal para, entre otras cosas, encargarse de Isabelito y las otras monturas.
Para celebrar todos estos acontecimientos, se declaró una semana festiva que requirió la presencia de los comediantes italianos que había conocido en el episodio de la captura del oso amaestrado. Su actuación, tal como había supuesto Pipino, tuvo tal éxito que hubo de repetirse en varias ocasiones.
Florinda, la zurcidora de sus pantalones en aquella ocasión, conseguió al fin devolver al Rey el distintivo de primogénito (una cadena con crucifijo de oro) Y en recuerdo de aquella estratagema había contribuido eficazmente a hacer pasar desapercibido y salvar su vida al Pricipe, el Rey la premió con el distintivo de la Real Orden del Zurcido Perfecto, creada especialmente para premiar su habilidad .y los servicios prestados a la Corona, nombrandola Comendadora Real de la Orden y Costrurera Mayor de la Real Casa.
A sus egregios padres, el Príncipe les prometió que a su regresó de Tierra Santa visitaría Tomerlandia para solicitar la mano de la princesa Menegilda, no solamente por razones de estado sino también porque se había enamorado de ella.
Aprobadas estas propuestas con entera satisfacción de los reales padres de Pipino, se formaron los tribunales para juzgar el comportamiento de los traidores y exigir responsabilidades especialmente a la cabeza visible de la usurpación, el falso baronet. Se acordó destituir de su cargo, acusado de traición, al jefe de las fuerzas militares y a quienes los habían apoyado. Se recordó a los que se les encargaba la tarea de juzgarlos que no tuvieran ninguna piedad con ambos puesto que la vida del príncipe estuvo expuesta varias veces y que vivía gracias al apoyo de sus amigos, a los que se había recompensado como merecían.
El primero que fue juzgado fue el falso baronet, al que previamente se le había desposeído de todas las tierras de las que se había incautado, que ya se abían restituido a sus propietarios, y también de las propias. El veredicto fue ofrecerle la alternativa de enrolarse en el ejército del rey Jaume I, de quien presumía ser amigo, que estaba a punto de partir a la conquista de Mallorca, y quedar desterrado a perpetuidad, o, en caso de negarse, la condena a muerte. En cuanto al jefe Marciano, el tribunal fue más duro con él y lo condenó al destierro perpetuo, por traidor a su patria y a su rey, y fue conducido a las tierra de Vlad el Empalador,donde más tarde se encontraría con el desterrado Ciuré y donde acabarían sus días empalados ambos, después de tramar una conjura común contra el sanguinario conde (pero eso ya es otra historia)
El baronet optó por la primera alternativa y, debidamente esposado, fue entregado a los que reclutaban las tropas para el rey Jaume, con tan mala fortuna que al desembarcar en Mallorca fue herido misteriosamente por una flecha y cayó al mar donde murió ahogado.
LA BATALLA FINAL, CAP. 23CAPÍTULO XXIII
LA BATALLA FINAL
El camino a la libertad.
Una vez llegados al campamento cosaco, sin ocurrir otra incidencia digna de mención, después de los saludos afectivos de recepción entre los componentes del grupo, celebraron una reunión para planificar sus próximas actuaciones. Después de deliberar y discutir, se decidió dar prioridad a la liberación del rey y la reina de Capachota, padres de Pipino, que se encontraban prisioneros en su propio palacio. La mayoría decidió repetir el mismo sistema que se había utilizado con tanto éxito en otra ocasión. El procedimiento se basaba en utilizar el aparato volador inventado por los cosacos, cuyo diseño había sido mejorado durante todo ese tiempo por el príncipe Igor para que el despegue y el aterrizaje del artefacto se hicieran con mayor seguridad y precisión. Asimismo, se había mejorado notablemente la fabricación de la pólvora con la que podrían lanzar descargas desde el aire para así, mientras durase el bombardeo, asaltar el castillo y liberar a los egregios padres de Pipino. Mientras tanto un destacamento de cosacos tomaría como prisioneros al falso baronet y a su compinche que, como era bien sabido por encuentros anteriores, eran más traidores que valientes, Cuando iba a concluir la reunión, uno de los cosacos dio aviso a ambos príncipes de la presencia en el bosque de los caballeros cruzados del castillo de Miravet, enviados expresamente por el caballero Joan de Serralta, que había asumido provisionalmente la responsabilidad de la comendatura en tanto no se reuniera el cónclave que nombrara al sucesor del difunto comendador, para prestar su incondicional apoyo para conseguir la liberación de los Reyes legítimos de Capachota. Isabelito, que no perdía detalle de la importante reunión escuchando fuera desde la ventana, metió cabeza por la puerta abierta y llamó la atención a Pipino con el método habitual de los caballos, relinchando y escarbando la tierra de la entrada (recordad que Isabelito no podía hablar en público, dado que los caballeros templarios desconocían su prodigiosa habilidad secreta). Pipino, al ver a su caballo tan inquieto, se apartó de la reunión y le preguntó en un aparte: –Isabelito, ¿qué te sucede? –Jefe, no digo nada en público, porque recuerda el lío que se formó cuando me mandaste con el recado de que no hicieran tanto ruido los cosacos. (véase capítulo V). Te quería sugerir que la comunicación al pueblo de la inmediata liberación de tus egregios padres, sus Majestades, se haga una vez estén liberados y sanos y salvos, y no antes para que no corran riesgos innecesarios. Así, una vez más Isabelito dio muestras de su racionalidad. Discutido este punto entre Pipino y el príncipe Igor, acordaron hacerlo así e informar a los caballeros cruzados del proyecto, indicando la posibilidad de que los caballos pudieran colaborar en el ataque y defensa de la posición. Llegaron al acuerdo de que fuera Ricardo, el chamarilero, muy conocido por su oficio en la ciudad, quien preparara a la población para evitar el caos que podía organizarse con el ataque. Para mayor seguridad, iría protegido por el caballero cruzado y su escudero enviados allí expresamente por Joan de Serralta, al que habían informado de la situación en que se hallaba el rey y de los excesos del falso baronet y de Marciano, jefe de las fuerzas militares, y los agravios sufridos por el pueblo. Llegado el momento que consideraron adecuado para un ataque nocturno, desplegaron todo su potencial según la estrategia acordada, incluyendo un cañón de fabricación casera empleado para derribar más fácilmente las defensas del ejército. Muchos soldados aprovecharon para desertar y ayudar a los asaltantes y de esta forma se capturó al falso baronet y a su compinche Marciano y a los militares desleales, que fueron reducidos y encerrados hasta que la justicia actuara. Las noticias de la liberación de los reyes, la presencia de Pipino y sus amigos y la captura del baronet fueron recibidas con muestras de euforia y gratitud puesto que ello suponía que muchos injustamente desposeídos recuperaran sus bienes y que la paz volviera a reinar en el pueblo. ATAQUE NOCTURNO CAP. 22Capítulo XXII
ATAQUE NOCTURNO
“Donde el instinto de Isabelito y sus congéneres tuvo una importancia capital”
Todo el campamento, hombres y animales, descansaba en silencio. Al día siguiente había mucho camino por recorrer. Se habían establecido unos turnos de guardía con el fin de mantener encendida la hoguera y vigilar la llegada de intrusos de aviesas intenciones. En la tercera guardia, encargada a Ricardo, éste observó que los semovientes estaban inquietos y se puso alerta para tomar las medidas oportunas para salvar la situación. Antes de que hubiera despertado al resto de sus amigos, llegó el ya esperado ataque.
De repente, una lluvia de flechas incendiarias iluminó el cielo nocturno. Isabelito empezó a cocear para apagar las flechas que iban cayendo, ya que corría el peligro de que se incendiara el campamento y que el fuego prendiera en el bosque. A su actuación se unió el resto de caballerias, que actuaban por su instinto de conservación.
Ricardo dio la voz de alarma y se organizó la defensa del pequeño campamento, basada en las armas cedidas por Igor, la ballesta y el material pirotécnico . A la primera descarga de la ballestas, manejada diestramente por Pipino y sus compañeros, cayó herido de muerte uno de los asaltantes, lo que hizo que el resto dejara de acosar a los acampados.
Al amanecer del nuevo día, Pipino, acompañado de Isabelito, realizó una inspección en torno al lugar de acampada y encontraron amarrado a un árbol un mulo con la marca de pertenecer al ejército de Capachota, con lo cual quedó comprobada la implicación directa en la persecución de las huestes del baronet y su aliado, el jefe de las fuerzas armadas capachotíes.
Acto seguido, aceleraron la recogida del campamento, cargando en el carromato los enseres y los alimentos que tenían dispersos, e iniciaron su marcha, sin esperar la llegada de Igor, guiados siempre por el olfato desarrollado de Isabelito, que determinaba el camino a recorrer y la dirección a tomar. Repentinamente, Isabelito se detuvo oliscando el ambiente a su alrededor y dijo: –Vamos por buen camino, este olor corresponde a mi amigo Boris, el fiel caballo del principe Igor.
EXCESIVAS EMOCIONES, Cap. 21Capítulo XXI EXCESIVAS EMOCIONES La templanza es el mejor antídoto contra la soberbia (proverbio de un chino que nunca dijo nada)
Tomada la decisión de organizar una exploración previa a la partida de nuestros amigos buscando unos lugares “seguros y limpios” donde acampar en esa etapa a recorrer hasta que alcanzasen el campamento sede de los cosacos, Pipino resumió la situación en pocas palabras:
— Nuestro propósito es alcanzar en un par de jornadas el campamento base de Igor y sus cosacos. Tres de nuestros enemigos pretenden emboscarnos, según sabemos por nuestro prisionero. Ricardo afirma que Pitoff, el cosaco, es el hombre que vio en la hospedería de Serapio y que éste también le comentó que un caballero templario y su escudero buscaban información sobre la salud de su regio padre.
— Luego, tú me sacas del interrogatorio para decirme que detectas algo a unas doscientas toesas en dirección noroeste y cuando llegamos, vuelves a oliscar y te quedas pensativo y oliscando en dirección sur y solo en esa dirección. Isabelito ¿dónde vamos?
— Jefe, ¡no te lo vas a creer! Muy cerca de donde estamos nosotros está Boris, el caballo del Príncipe Igor. Conozco bien a Boris, sé que está muy cerca de nosotros y que ese no se deja montar por nadie que no sea el Príncipe Igor.
— Estoy harto de sorpresas, Isabelito. Busquemos un lugar donde podamos pasar inadvertidos.
Hallado el lugar apropiado y a cubierto de la dirección del viento, descabalgó y esperó ballesta en ristre.
Cuando apareció Pitoff, seguido de Igor, antes que Pipino tomara la decisión de dar un paso al frente para saludar la presencia de ambos con una reverencia, tal vez un poco exagerada dadas las circunstancias, tuvo que escuchar en un susurro la imprecación que le dedicaba Isabelito: — ¡Hombre de poca fe! ¡Dudar de la eficacia de tu caballo!
— ¡Buenos días caballeros! — dijo Pipino a los recién llegados— Tengo la satisfacción y la alegría de contar con fieles amigos a los que no me duele reverenciar.
La sorpresa del encuentro quedó reflejada en los semblantes de Igor y de Pitoff, quienes, sin respeto al obligado protocolo de cortesía, echaron pie a tierra y abrazaron afectuosamente a Pipino.
— Háganme sus mercedes el honor de acompañarme, — les dijo éste — si lo tienen a bien. Estaba a punto de emprender la marcha para incorporarme al grupo, en busca de un lugar seguro donde acampar. Mi caballo nos servirá como eficaz rastreador y guía. ¿Hacía donde vamos, Isabelito? — concluyó Pipino.
Silenciosamente Isabelito, olisqueó el ambiente en varias direcciones y, a buen seguro que recordando la trifulca que se organizó entre las huestes cosacas cuando Pipino le mandó como mensajero (anécdota recogida en el capítulo V de estas memorias), se limitó a dejarse montar y emprender la marcha en una determinada dirección.
Pronto dieron alcance al grupo que capitaneado por Joseph que marchaba hacia el punto determinado la noche anterior, ya situado en territorio del Reino de Tomerlandia. Pipino se adelantó informando a los componentes de la caravana del feliz encuentro con Igor y su acompañante, dejando para más tarde las presentaciones.
La misión de Isabelito como rastreador, obligaba a Pipino a alternar su posición en la caravana, cuyo lento avance se debía a las dificultades que el terreno presentaba al carromato de Ricardo.
Pasado el mediodía, alcanzaron el punto teórico tras el pase fronterizo. Cerca de allí una formación rocosa en un altozano de un bosque, les ofrecía una posibilidad ideal de defensa, siempre que tuviesen acceso a suministrarse de agua. Explorando el contorno hallaron un riachuelo cubierto de vegetación. Procedieron a limpiar una zona y comprobaron que el agua no estaba estancada. Los animales oliscaron el agua y sin ningún reparo abrevaron, lo que en cierto modo, era una garantía de salubridad.
Joseph Creucer era el único personaje desconocido para Igor y Pitoff, descartando al soldado herido que, lógicamente, era considerado como un prisionero. Tras la presentación, la conversación derivó sobre los acontecimientos vividos por Pipino desde que éste se embarcó rumbo a Alejandría, su estancia en el oasis de Bahariya, la formación de la comisión de sabios, destacando el proyecto de una posible constitución de una empresa dedicada a la fabricación de armas defensivas adaptadas a buques mercantes.
El accidentado regreso, los preparativos del rey Jaume para invadir Mallorca y el frustrado intento de asesinato de Pipino, cuyo resultado fue el trato humanitario dado al “prisionero” que pretendiendo atentar contra Pipino, resultó herido; concluyendo con el compromiso adquirido por del principe de volver al oasis de Bahariya, una vez solucionada la crisis de gobierno en Capachota.
A su vez Igor aportó noticias recientes sobre golpe de estado organizado por el Jefe Marciano en complicidad con el llamado Silvero de Maidreste que se autonominaba “Baronet” y actuaba como Edecan de su Majestad Pacota IV.
Tales noticias ya habían sido recibidas por conducto de Ricardo, como, sin duda, recordarán los lectores.
— ¿Cómo sigue mi real Padre?
— Sin problemas de salud, pero prisionero en su propio palacio — respondió el príncipe Igor.
La experiencia náutica de Joseph y su capacidad de improvisación le permitió efectuar unas mediciones y determinar con cierta aproximación, que la ciudad de Casteltoma figurada en su mapa, distaba a unas cuatro leguas de donde se hallaban.
Y era en Casteltoma, capital del Reino de Tomerlandia, donde residían los reyes Tomerino y su esposa Guendalina, de quienes Pipino guardaba tan gratos recuerdos por la recepción regia, y también popular, de que fue objeto a su regreso triunfal tras haber ganado la “Laureada Corona Aizcolari”.
Su actual situación distaba mucho de ser la de aquel despreocupado joven atleta de entonces. Las circunstancias le habían hecho madurar y ocuparse del estado moral y físico de su familia. Afortunadamente aun contaba con la ayuda de sus amigos que le estaban demostrando continuadamente el aprecio que sentían por él.
— Estaba pensando si sería oportuno visitar a los reyes de Tomerlandia y solicitar asilo y ayuda.
— No sé qué decirte — opinó Igor — En cierto aspecto es un obligado protocolo, pero debes considerar que de no tomar severas medidas, tus enemigos lo sabrán inmediatamente y tratarán de neutralizarte o hacerte desaparecer. Pasemos discretamente hasta llegar a nuestro campamento y allí planearemos nuestras actuaciones. Entre la población capachota hay mucho descontento y, entre otras acciones, nos conviene incrementar esa situación que nos favorece… añadiendo:
— Ellos tienen espías por todas partes. Nosotros tenemos agentes y colaboradores a los que debemos recordar que si ganamos la partida, todos los habitantes de Capachota serán beneficiados.
Una vez asentado el improvisado campamento, se imponía la preparación del condumio, atender a los animales de tiro, seguir el proceso de curación del herido y estar atentos para repeler cualquier intento de asalto de la acampada, con la finalidad de secuestrar o asesinar al prisionero.
Igor planteó actuar sin demora trasladando al herido a su propio campamento, en cuanto anocheciera. Su estrategia suponía tomar las siguientes medidas:
■ El traslado tenía absoluta prioridad. Lo harían a campo través por unos lugares que tanto Igor como Pitoff, conocían palmo a palmo.
■ El lugar de la acampada sería acondicionado para resistir posibles incursiones. Se montaría un señuelo, cerca del carromato, desde donde se vigilaría, consistente en una parihuela ocupada por un simulado cuerpo humano.
■ Para reforzar su capacidad de defensa les cederían una nueva ballesta y unos petardos, para cuyo uso debían disponer de un candil, o una pequeña hoguera, permanentemente encendida.
■ Establecer turnos de vigilancia y asegurar bien las bridas de las caballerías no fuera que de usarse los petardos, su estruendo diera origen a una espantada.
Y, finalmente,
■ Les entregó sendas cotas de malla con subarmalis acolchado, recomendando que se acostumbrasen a usarlas, que aun incómodas para acostarse con ella puesta, eran muy efectivas como protección.
Igor se comprometió que antes de levantarse el siguiente día, ya habrían regresado con un pelotón de refuerzo.
Concluyó su exposición recordando el proverbio latino “Si quieres vivir en paz, prepárate para la guerra“. Frase que como cierre de su disertación, daba al ponente un cierto aire de intelectualidad.
No hubo ninguna objeción a su propuesta y en consecuencia todos se pusieron manos a la obra.
Con las últimas luces del día, antes de emprender la marcha, Pipino cabalgando a Isabelito hizo un recorrido en torno al lugar de acampada sin detectar ninguna anomalía. Con esa confianza se puso en marcha la caravana integrada por Boris, montado por Igor, Volba montado por Pitoff y entre ambos el pollino portador de la parihuela con el herido, al que previamente amordazaron y cubrieron sus ojos.
¡CUIDADO! ¡CAMINO PELIGROSO! Cap. 20 (2ª parte)Capítulo XX (2ª parte) ¡CUIDADO! ¡CAMINO PELIGROSO! Del interrogatorio al herido, los temores y precauciones que tuvieron que tomar los viajeros, como sabrán quienes se molesten el leer este capítulo.
La llegada de Ricardo coincidió con la de Pipino y de Isabelito regresando a su vez, de su ronda en torno al lugar elegido para acampar, llevando de la rienda un robusto pollino que habían hallado sujeto a un arbusto. — Ved lo que hemos encontrado — informó Pipino y señalando el anca izquierda del animal, añadió — lleva la marca de las fuerzas militares. La primera pregunta de ambos dirigieron a Joseph fue interesarse por la evolución del herido que habían dejado a su custodia. — Ha recuperado el sentido y le he quitado la venda de los ojos. Se le ve abatido. Quizás consigamos que hable. — Con el hallazgo del pollino ya sabemos algo más — opinó Pipino. — Cada cosa a su tiempo. Preparemos la comida y luego veremos si se le ha cortado la hemorragia y como reacciona — opinó Ricardo. En primer lugar hicieron un inventario de los comestibles obtenidos con el trueque del caldero, comprobando que el posadero Serapio había completado lo que Ricardo le solicitó, añadiendo saquitos conteniendo varios almudes de garbanzos y de lentejas, tres hogazas de pan y una penca de bacalao salado, sin olvidar un saco de avena para los semovientes. — Como le he ofrecido la posibilidad de que participe en un futuro negocio, ya veis el anticipo — comentó jocosamente Ricardo —. Y dirigiéndose a Joseph Creucer apostilló — Podremos contar con él para la colocación de la carga del “Verge del Bon Viatje”, si vuecencia decide hacerlo tal como en su día hablamos. Con cuatro piedras improvisaron un fogón; limpiaron y descuartizaron uno de los pollos y pusieron a cocer una “olla podrida”, aprovechando la circunstancia para ahumar al otro pollo y al conejo. Ricardo exhibió sus dotes culinarias (o los problemas a solucionar les había despertado el hambre), así que los comensales, incluyendo el herido con sus limitaciones, dieron buena cuenta de lo guisado. Decidieron demorar el interrogatorio del herido hasta el día siguiente. El hallazgo del pollino les permitía trasladarlo sujetando la parihuela a sus lomos, liberando a la yegua Rosalía de tal obligación, dando mayor margen a su recuperación y a la acción curativa de los emplastos que le habían aplicado en las heridas. Borraron las huellas de su corta estancia y continuaron rumbo sur por el terreno boscoso que previamente era explorado por dos expertos en la materia: Joseph e Isabelito. Anochecía cuando avistaron las ruinas de una ermita situada en un altozano. Allí se dirigieron y tomaron posesión de ella, quedando así al resguardo de miradas indiscretas. La noche, nítida y estrellada, permitió a un experto navegante como era maese Creucer calcular con cierta aproximación las coordenadas del lugar donde pernoctaban y decidir la dirección que adoptarían al siguiente día. Al amanecer, Ricardo descubrió la existencia de un pozo protegido por un zarzal. Ello les permitió disponer de agua para el aseo personal y que Ricardo pudiese comprobar la efectividad de sus empastes curativos. Las heridas habían dejado de sangrar aun cuando requerían continuar con el tratamiento quien sabe por cuanto tiempo. El aspecto físico y emocional del herido seguía siendo malo. Decaído y poco interesado en lo que ocurría a su alrededor. No obstante, decidieron interrogarle. Les interesaba descifrar el motivo de la agresión y quien o quienes la habían organizado. Una vez renovadas las cataplasmas, le ofrecieron una escudilla de sopa caliente que, al igual del día anterior, le obligaron a ingerir. Joseph le ofreció un trago de hidromiel, su bebida favorita, mientras le decía: — Toma, te sentará bien. Y podrás contarnos lo que queremos saber de ti, por ejemplo ¿cómo te llamas? El desconocido soltó un manotazo al vacío que por poco no derriba la taza que se le ofrecía. Joseph, sin inmutarse, pidió a Ricardo que le atara el brazo libre a la parihuela. Entonces le obligó a tragar el contenido de la taza. — Estoy acostumbrado a tratar con chusma como tú — le dijo — y si a mano viene, recurrir al látigo. Solamente te doy otra oportunidad, Responde: ¿Cómo te llamas? — Enrique — musitó. — Dilo más alto. — Enrique ni se inmutó. —¡¡¡Más alto, he dicho!!! — ¡¡Enrique!! — Así está bien. ¿Qué oficio tienes? — Soy labrador. — ¡Mientes! Eres soldado arquero. No intentes engañarnos. — Yo era labrador— musitó trabajosamente— cultivando unas tierras que me cedía el Señor. Era su mediero. Luego vino el Baronet, se quedó con las tierras del Señor y me echó. Me tuve que hacer soldado para que mis padres pudieran comer. — ¿Quién era ese Señor para quien tu trabajabas? — intervino Ricardo — ¿El Marqués de Barranco Viejo? — Si, ese. — ¿Y el borrico? — Es mío. — Nos mientes otra vez. Ese borrico no es tuyo. Además de ser un mal arquero eres un embustero. ¿Sabes leer? — No. No sé leer. — Si supieras leer, sabrías que este borrico es de las fuerzas militares de Capachota, está tatuado en su anca. — Ellos dijeron que me lo daban. — Pues te engañaron; y tú pusiste una cruz en un papel que tenias que firmar. ¿Verdad? — Sí. — Si no lo devuelves te acusaran de robo, ¿lo sabias? — Me lo dieron ellos, Igual que arco y las flechas. Y me enseñaron a usarles. — ¿A ti solo? — No. A los cuatro. — A los cuatro ¿eh? ¡Vaya, vaya! ¿Y como identificarais al Príncipe Pipino? — Viste elegante, cabalga un caballo blanco y luce el colgante de primogénito. Isabelito irrumpió en el lugar se hacía el interrogatorio, vio que Pipino se precipitó a agarrarse el lóbulo de la oreja derecha y resolvió empujarle con su cabeza hasta hacerle entender que tenía que salir de allí. Una vez alejado suficientemente, le susurró al oído “Se acercan dos monturas; están a unas dos mil toesas de aquí”. Pipino se dirigió a Ricardo para informarle que era urgente hacer un reconocimiento del entorno. — Conforme — dijo Ricardo — Pero antes te despojaras del jubón y nos mostrarás tu colgante de primogénito, Pipino. — ¡Mira! ¡Mira! No llevo ni tengo ningún colgante. — Yo ya lo sé. Pero Enrique, nuestro invitado, no lo sabía, ¿verdad?. Como tampoco sabia, por que nadie se le había dicho, que podía prender fuego al bosque arrasar todo lo que hay entre el río Ebro y el Francolí. ¿No creéis que todo eso es muy sospechoso? Os han tendido una trampa y los cuatro habéis caído en ella. — Dejaremos que Enrique reflexione y nos cuente más cosas — dijo Ricardo y añadió — Ahora ya te puedes ir, Pipino, pero ten mucho cuidado. A tu regreso cambiaremos de acampada. Armado con su imprescindible ballesta, montó a Isabelito y se alejó de las ruinas dando vueltas en torno ellas hasta que el fino olfato del caballo decidió el rumbo a tomar. CAMINO VUELTA A CASA CapItulo 20Capítulo XX CAMINO DE VUELTA A CASA ¿Conseguirían burlar la vigilancia de las Fuerzas Militares de Capachota?
Llevaban ya varias noches de marcha a la luz de la luna. Selene, como la llamaba Ricardo, cada vez salida más tarde, pues había entrado en su cuarto menguante. Como tomaban las máximas precauciones, procurando hacer el menor ruido posible, noche tras noche los tramos recorridos eran más cortos. A la menor señal de alarma, se detenían y realizaban una exploración para cerciorarse que no habían sido descubiertos. El fino olfato de Isabelito, fue una vez más, de gran utilidad. Según Ricardo, tras el montículo que ya se apercibía en la lontananza se hallaba “La hospedería del Camino” sita en territorio de Capachota. Habían convenido que con las primeras luces del alba buscarían un lugar en lo más frondoso del bosque donde Pipino y Joseph pudiesen permanecer ocultos mientras Ricardo adquiriría información para preparar el plan de actuación: — A nadie extrañará verme por aquí con mi carromato, pues aunque soy ciudadano tomerlandés, comercio en todos estos reinos y llevo conmigo las autorizaciones pertinentes. Detuvieron su marcha, con idea de apartarse del camino seguido y tomar una senda que iba a conducirles al bosque que tenían a su izquierda, donde esperaban hallar el refugio previo antes de traspasar la línea fronteriza, y entrar en tierras del reino de Capachota. Joseph, que iba guardando la retaguardia observó un destello luminoso que siguiendo una parábola fue a caer una toesa delante de ellos — Alguien está lanzando flechas incendiarias sobre nosotros. ¡Mirar ahí delante! Ha prendido en un matorral. Ricardo, saltó del pescante de su carromato armado de una pala y corrió a sofocar el conato de fuego. Pipino se armó de su ballesta y volviendo grupas pidió a Isabelito que tratara de descubrir la posición del arquero. Joseph se armó con su lanceta dispuesto a intervenir. — Antes de lanzarte a la caza — dijo Isabelito a su dueño — debieras calzarme tu invento, los zapatones de camello. Atenuarás el sonido de las herraduras. — Es cierto, Isabelito — Y echando mano a su bolsón de viaje Pipino extrajo los zapatones ideados para andar por el desierto basados en adoptar la forma de los pies de los camellos, que tanto éxito tuvieron en sus andanzas de ida y vuelta al oasis de Bahariya. Calzó a Isabelito y se colocó los suyos. Pipino indicó a Isabelito que actuara según su criterio. Al rato de olisquear desde puntos distintos, susurró: ¡Allí es! Mientras, Ricardo, había sofocado la pequeña hoguera y apartó el carromato situándolo donde estimó que estaría más seguro. Pipino se apeó, tomó la ballesta, la cargó y agachándose fue avanzando lentamente en la dirección indicada por Isabelito. Oyó unos chasquidos producidos por el entrechocar de pedernales. Separó cuidadosamente unos arbustos y vio a un sujeto armado de arco y con una provisión de flechas incendiarias que agachado, pretendía reavivar una hoguera, sin duda para continuar con su agresivo lanzamiento. Pipino se incorporó y sin dejar de apuntarle con su ballesta, se dirigió al desconocido: — ¡Estás rodeado! ¡No te muevas, ríndete y no te pasará nada! El desconocido interrumpiendo su tarea, lo miró desconcertado y en un increíble y atlético salto se puso en pie enarbolando un largo cuchillo de monte que pendía de su cintura, al tiempo que gritaba: — ¡¡¡Tu cabeza tiene precio!!! Pipino dio un paso atrás para esquivar el ataque, tropezó con un pedrusco, se le disparó la ballesta y el desconocido se desplomó herido en el hombro derecho, quedando tumbado en el suelo, sin sentido y desangrándose. Isabelito no había presenciado el ataque pero sí oído el grito del agresor, acudió presto en ayuda de su amo. Pipino intentó justificarse: — No pretendía matarlo, créeme. Ves en busca de Roberto y que traiga algo con que evitar que se desangre — Pero, Jefe ¿ha que viene ese remordimiento? Has hecho lo que debías. Antes que nada, aparta sus armas lejos de su alcance. Minutos más tarde acudieron al lugar de los hechos Joseph y Ricardo. En el almacén rodante que era su carromato, no podía faltar lo que él llamaba la “farmacia de la abuela” y unas notas de cómo usar las diversas plantas medicinales que la componían. Limpió cuidadosamente las heridas de entrada y salida causadas por la flecha, aplicando luego unas hierbas hemostáticas, vendando e inmovilizando el brazo derecho del desconocido. Improvisaron unas parihuelas para transportar al herido a lomos de Rosalía, y le vendaron los ojos y le colocaron una mordaza para dificultar su posible localización. Tomadas esas medidas provisionales, pues los últimos acontecimientos habían trastocados sus planes, procedieron a borrar cualquier rastro de su permanencia de dicho lugar y se dirigieron por la senda forestal en busca de un lugar donde acampar y que les ofreciera la mayor seguridad posible. Eligieron un altozano, a cuyo pie discurría un riachuelo de límpidas aguas. Mientras ellos ardían en deseos de interrogarle, el herido seguía inconsciente. Se plantearon que hacer con él en el supuesto que la cura de urgencia salvase su vida. Joseph propuso dejarlo en algún lugar de las proximidades para que fuese atendido. --Su propuesta, maese Joseph, es muy generosa, mas considere vuecencia que dejamos tras de nosotros una pista muy fácil de seguir. A mi lo que me intriga — prosiguió Roberto— quien puso precio a la cabeza de Pipino y si este ataque es una acción aislada o fruto de una conspiración. — Propongo realizar una exploración previa y en caso de no haber peligro inminente nos encaminemos directamente al campamento cosaco — dijo Pipino. --- ¿Y, que hacemos con el herido? — insistió Joseph. —Una vez podamos interrogarle, lo llevamos en el carromato o lo abandonaremos a su suerte. Pero insisto en acercarme a la Hospedería del Camino. Soy el único que no despertará sospechas. Solamente necesito una hora. Pipino intervino para decir a Ricardo — Te concedemos dos horas. Si no regresas en ese plazo dirígete al bosque controlado por las huestes del Príncipe Igor. Sin más preámbulos, azuzó a su pareja de mulas y el carromato se dirigió a la Hospedería del Camino. El trote de sus mulas y las desigualdades del camino, anunció con anticipación su llegada. Serapio, el dueño, había salido a recibir al recién llegado. — Caramba! ¡Si es el perillán de Roberto! ¡Tiempo ha que no te veíamos! — He estado evitando que el rey Jaume me enrolara en sus huestes. No se puede dar un paso por Salauri. La reconquista de Mallorca es el tema del día. ¿Y que hay por aquí? — Habladurías y deudas. Todo el mundo preocupado por saber por donde anda el Príncipe Pipino. — En Salauri me dijeron que estaba en Tierra Santa. — Más le valdría estar aquí. Si algún día quiere reinar. — Oye, ¿y ese sentado en el rincón? Su cara me es familiar. — Llegó esta mañana. Pidió comer, me pagó y está a punto de marcharse. Ayer llegaron dos, un caballero templario y su escudero. Me hicieron mil preguntas sobre la salud de nuestro rey, sobre el Príncipe…ya sabes… — Y en un susurro le dijo — Es que ya no te puedes fiar de nadie… Y levantando la voz. — Oye, si llevas alguna caldera grande, haremos negocio. — Si la tengo y te la ofrezco a buen precio. Me pagas con un par de pollos, un jamón, un conejo y algunos quesos. Y además te ofrezco la posibilidad de hacer un buen negocio que en su día te explicaré. — ¿A cambio de qué? — De discreción y lealtad. — Cuenta con ellas. — Cuando Roberto regresó con la caldera de cobre, advirtió que el silencioso testigo sentado en un rincón del figón, había desaparecido. Repentinamente le vino a la memoria donde, como y cuando se había encontrado con dicha persona: Estaba seguro de que se trataba de Pitoff, un hombre de confianza del Príncipe Igor, por otro nombre conocido como “El Leñador”. Tomó las vituallas solicitadas como pago de la caldera, las cargó en el carromato y regreso sin ningún incidente al lugar de acampada. No pudo comprobar si era o no seguido, pero tenía la certeza que Pitoff no le perdía de vista y que de una u otra forma, la noticia pronto llegaría a conocimiento de Igor.
EL SECRETO DE LA MISIVA Cap. XIXCapítulo XIX
EL MISTERIO DE LA MISIVA ¿Qué ocultaba el escrito que Pipino dirigía al caballero Serralta?
Esta pregunta se la hacían, simultáneamente, varios de los personajes que intervienen en la aventura: de una parte, Pío Bounofilio y Giovanni Terraferma, que aceptaron hacerse portadores de ella y también Ricardo y Joseph. Pipino, obviando contestar cuando surgía el tema. Isabelito se mantenía silencioso, respetando la decisión de Pipino. La caravana que formaban en las marchas nocturnas — en primer lugar en carromato guiado por Ricardo, buen conocedor del camino a recorrer, seguido de Pipino montando en Isabelito y cerrando la marcha, Joseph a lomos de su yegua Rosalía — guardando silencio y parando de trecho en trecho para cerciorase de que no eran seguidos, no se prestaba a mantener conversación alguna. Al apuntar el día, Ricardo los conducía a un lugar alejado del camino y de no fácil acceso, donde encontrar agua y pasto para los cuatro animales a quienes quitaban los arreos y se turnaban en las guardias para comer y descansar. Llevando a los semovientes a abrevar, Ricardo se interesó por el estado de ánimo de Isabelito: — ¿Qué te ocurre que en todos estos días de marcha no dices esta boca es mía? — Me limito a cumplir tus instrucciones: “Para nuestra seguridad, ni Pipino es Príncipe, ni su caballo se llama Isabelito”. ¿Lo has olvidado?” — ¡Qué listo eres, caballito! — reconoció Roberto, acariciando su cuello.
Mientras eso sucedía “la troupe” de los cómicos ambulantes y sus carromatos habían alcanzado las cercanías de Miravet, población situada en un altozano en la ribera sur de un caudaloso río: el Ebro. Se encontraron con la numerosa comitiva del entierro del comendador que habían empezado a cruzar el río utilizando la única barca disponible, con capacidad para cinco personas y el barquero. Pío y Giovanni fueron testigos de la dificultad de cruzarlo con sus carromatos pues el río bajaba muy crecido por las recientes lluvias y los vados que lo hubiesen permitido prácticamente habían desaparecido. Pudieron contemplar el rescate de un osado jinete que intentó cruzarlo y como la torrentera arrastraba un buen trecho al caballo y caballero. La oportuna intervención de los ocupantes de la barca salvó la vida del jinete pero nada pudieron hacer en favor del caballo que cargado con los arneses de guerra, resbaló en el limo y fue arrastrado río abajo. Uno de los jinetes se acercó al grupo formado por Pío, Giovanni y sus respectivas esposas Florinda y María, situados al frente de sus cuatro carromatos, exigiendo que se apartaran del lugar donde se habían detenido, ya excesivamente concurrido por los integrantes del acompañamiento fúnebre. Giovanni se dirigió a él en su balbuciente castellano para que les informaran donde podrían ellos tratar de cruzar el río, para cumplir los dos compromisos que habían adquirido: actuar en las fiestas patronales y entregar un mensaje al caballero Joan de Serralta. El jinete les informó que debido a la defunción del Comendador, el consistorio había aplazado las fiestas patronales y él haría la entrega del mensaje al caballero Joan de Serralta. — Il cabalieri Pipino prometemos entregar in mano sua misiva al caballero Serralta. Em grasir. — Apartad los carromatos del camino y yo voy en busca del caballero Serralta — les dijo el soldado. Giró grupas y se dirigió al embarcadero donde estuvo conversando con otro jinete que lucia una en su pecho, capa y escudo la cruz insignia de la Orden del Templo. Iniciaron la maniobra de apartar del camino los carromatos llevándolos a un claro del bosque inmediato, donde acamparon desunciendo las parejas de mulas. Dieron instrucciones para que los jóvenes las cuidaran de abrevar y pastorear. — ¿Como sabremos que realmente es el caballero Joan de Serralta, quien nos visite? — expuso Giovanni. — Creo que tengo la solución — intervino Pío y añadió — Cuando Pipino obsequió a Florinda con el colgante por un simple zurcido en sus calzas, pensé que Pipino se desprendía de él para no ser reconocido. Acuérdate, Giovanni, que nos hizo prometer que nuestra familia ignorase de que él fuera Príncipe. Creo que ese colgante lo podía delatar. Y dirigiéndose a su esposa Florinda le dijo que luciera el colgante a la vista en la visita que se les haría en breve. Percibieron el trote de dos caballos y apareció el soldado que les había visitado acompañado de un caballero que lucia en su capa la “cruz pateada”.
— Estos son quienes me preguntaron por vos, señor — dijo señalando al grupo formado por Pío, Giovanni y Florinda, quienes en acto de pleitesía le recibieron doblando la pierna derecha en tierra. — ¡Alzaos! ¿Qué queréis de mí? — preguntó el Caballero. — Si vos sois, monseñor, el caballero templario Joan de Serralta — respondió Giovanni incorporándose — tenemos una misiva para vos. — ¡A fe que lo soy! ¿Quién manda esa misiva? — El Príncipe Pipino, monseñor. — No ha mucho que pregunté a unos que me dijeron ser sus amigos y que ignoraban que el Pipino que buscaban fuera el príncipe. — Los conocemos, monseñor Tenemos razones para suponer que desea ocultar su rango, monseñor. — ¿Por ejemplo, el colgante que luce la dama? — preguntó el caballero templario. Giovanni intento dar una explicación coherente de cómo había llegado el colgante a manos de Florinda. No era experto en el idioma español y, además, por su carácter retraído le costaba mucho hilvanar un discurso suficientemente convincente. El caballero Joan de Serralta se dirigió al grupo en italiano solicitando las respuestas pertinentes. Tomó la palabra Pío manifestando que él ya había presupuesto que el caballero templario se fijaría en el colgante y que por ello le indicó a su esposa Florinda que lo luciera encima de su vestido. Relató la fuga de su oso amaestrado huyendo del acoso de unos cazadores. Al tercer día de su búsqueda, se encontraron con el grupo del Príncipe que a su vez le buscaban, al no haber regresado de su caza. El príncipe había salido de caza, a pié, armado de una ballesta y conseguido cinco liebres cuando observó que le seguía el oso. Pipino se dio cuenta de que era un oso amaestrado y no quiso matarlo, así que se refugió en lo alto de un árbol, esperando que el oso se comiera la caza y se marchara. Al trepar al árbol se rompió las calzas y se arañó levemente las pantorrillas. Ellos, los cómicos, habían organizado dos grupos de búsqueda y los amigos del Príncipe, otro, que fue el primero en llegar y organizar la captura del oso, pero que no llegaron a actuar porque cuando el oso oyó las voces y el sonido del pandero que su grupo hacia sonar, ya fue fácil amarrarlo y llevarlo al campamento. Allí curaron las leves heridas que presentaba el Príncipe y en gratitud les invitaron a compartir su pitanza. Pío resaltó que Pipino no quería ser presentado al resto de sus familiares como Príncipe y así él y Giovanni tuvieron que prometer guardar el secreto. A lo largo de su conversación, los amigos de Pipino, Joseph y Ricardo, citaron su encuentro con la comitiva fúnebre y la posibilidad que se suspendieran sus actuaciones concertadas con ocasión de las fiestas patronales de Miravet. Florinda, su esposa, devolvió a Pipino las zurcidas calzas, quien alabó el primoroso trabajo efectuado. Pipino se despojó de su colgante y ceremoniosamente se lo colocó a Florinda. Y concluyó su narración citando que Pipino… — Se acercó a su caballo dirigiéndose a él en términos laudatorios, como si el caballo pudiera entenderle, estampado un beso en su belfo y pidió un recado para escribir la misiva que os he entregado. El caballero Joan de Serralta desplegó la misiva, la leyó, y a seguido comentó su contenido — Aparte de dedicarme unas alabanzas que no vienen al caso, me dice que sus únicas fazañas fueron ganar Laureada Corona Aizcolari, en el Reino de Navarra y poner en fuga a un bajel pirata que pretendía abordarles en un viaje rumbo a Alejandría, lo que considera normal en quien ha ganado dos campeonatos de tiro con ballesta. También comenta que se desplaza a Capachota en ayuda de su padre Tras este comentario, el caballero Joan de Serralta quedó meditabundo. Finalmente, dirigiéndose en catalán a su ayudante ordenó: — Hay algo oculto en lo que estos cómicos nos han contado… o el Príncipe Pipino ha perdido el seso. Sargento mayor Enric: En funciones de Comendador hasta que resuelva el Consejo Prioral, yo Joan de Serralta dispongo que un sargento y un escudero de su confianza se desplacen al reino de Capachota y, sin darse a conocer, nos informen. Que traten con el mayor secreto de contactar con Pipino y sus amigos Ricardo y Joseph. Sus informes los mandaran por palomas de nuestra sede, de las que se llevarán tres en una jaula adecuada. Transmita al Arcarius mi orden de entregarles una bolsa de doblas para atender sus gastos. — ¡A sus órdenes, Excelencia! Y girando grupas a su caballo el Sargento mayor salió a cumplimentar la orden recibida. — En cuanto a vosotros — dirigiéndose en italiano al grupo de cómicos— haceos cargo de la situación. El duelo durará quince días. Si esperáis acampados donde estáis u os marcháis y volvéis, tendremos preparada una balsa para que vuestros carromatos crucen el río. Decidid lo que os convenga más y quedad con Dios.
CONSOLIDANDO LA INICIADA AMISTAD (CAP,18 2º PARTE)
CAPITULO XVIII (2ª parte)
CONSOLIDANDO LA INICIADA AMISTAD
De lo que ocurrió en la acampada de los cómicos ambulantes
Pipino pidió a Joseph que rogara a Pío y a su cuñado Giovanni no ser presentado como Príncipe a sus respectivas familias, y que le dispensaran el mismo trato que a ellos. La situación insegura y complicada del Rey Pacota IV obligaba a Pipino a pasar desapercibido para evitar la posibilidad de que los usurpadores del Gobierno de Capachota, el falso Baronet y su cómplice, el jefe de las Fuerzas Militares, atentaran contra él. Ambos, Pío y Giovanni, prometieron solemnemente guardar silencio sobre su rango. Llegados al lugar de su acampada, un claro en el bosque con capacidad para sus cuatro carromatos y los correspondientes tiros de mulos. La recuperación del oso, quien, como repetía sin cesar Pío, al igual que “Dogo” el perro, eran dos miembros más en la numerosa familia, dio origen a una explosión de alegría familiar. Todos acudieron a acariciar al oso “Amoroso” y a Dogo, atribuyéndole a éste el mérito de su recuperación e ignorando la presencia de Pipino, Joseph y Ricardo. Pío se esforzó en encauzar la desbordante alegría y una vez hecho el silencio explicó brevemente que, en realidad, el mérito correspondía a los tres caballeros que les acompañaban, y que en justa compensación los había invitado a comer. Se dirigió a su esposa Florinda, loándole su habilidad con la aguja y le pidió recompusiera las calzas de Pipino. Florinda, cuya misión en el grupo era la de cuidar del vestuario, le proporcionó unas calzas para que Pipino las usara mientras zurcía las suyas. Trabajo que realizó con rapidez y tal eficacia que dejó maravillados a nuestros tres participantes en la captura y recuperación del oso. Os preguntareis ¿y mientras tanto que hacía Isabelito? Pues se fue aproximando al lugar donde, amarrados cuidadosamente, permanecían los mulos y mulas comiendo sus raciones de pienso contenido en sus morrales. Pipino se acercó a él, le quitó la silla de montar para que estuviese más cómodo, y acarició su cuello. Isabelito hizo el ademán de hablarle, cuando se dio cuenta que Pipino se agarraba el lóbulo de una oreja (señal inequívoca de silencio según ambos habían acordado), a la par que empezó a decirle con voz engolada, gran prosopopeya e intención de desear ser oído por todos los presentes: — ¡OH, mi querido caballo! ¿Qué digo caballo? ¡¡Eres mi mejor compañero y leal amigo!! Con tu elocuente silencio y fino olfato, demuestras tu capacidad de ser el compañero de aventuras que yo necesito. Día a día me sorprendes con alguna habilidad tuya. Gracias a ti pude ser localizado y sólo me queda decirte: ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!¡¡Muchas gracias!! Y agarrándolo por el belfo inferior le estampó un sonoro beso. Isabelito le correspondió con un largo y festivo relincho que fue coreado con grandes aplausos una vez que Giovanni Malatesta tradujo al italiano las palabras dichas por Pipino Pío encargó a uno de los jóvenes de su familia, que preparara un morral con pienso y se lo entregaran Pipino. Éste lo colgó al cuello Isabelito para que comiera, no sin antes dedicarle una nueva parrafada destacando las virtudes de su caballo, que una vez traducida por Giovanni provocó una verdadera tormenta de aplausos y vítores que solo se interrumpieron cuando María, la esposa de Giovanni, apareció con un caldero y una cuchara enorme con la que lo golpeaba, llamando la atención de los presentes. — ¡Presto, presto, presto! ¡A mangiari! La gran familia y sus invitados se acercaron ordenadamente a la cocina campestre, proveídos de la escudilla y su ración de pan que previamente habían recogido. La “madona” iba llenando las escudillas hasta el borde con el guiso. Cuando todos fueron servidos, Pío rezó una oración de gracias concluida con el perceptivo “Amén” coreado masivamente. Agrupados por familias fueron tomando asiento en diversas zonas del claro donde habían acampado. El día era sereno y la temperatura agradable. Pipino se admiraba de cómo se podían comer tan alegremente, sentados en el suelo, con las incomodidades de rigor. ¿Cómo resolverían la situación en un día de lluvia o de frío intenso? Pensó en su propia situación durante la travesía del desierto; comiendo queso, pan y algunos dátiles, y durmiendo en el suelo. O el camino a recorrer hasta llegar al campamento regido por el príncipe Igor. Efectivamente, se dijo, había sufrido y sufriría aún, incomodidades temporales, pero para este grupo de cómicos los problemas eran consustanciales con su forma de vivir. Por primera vez en su vida se preocupó por las dificultades ajenas. Recordó petición que le hizo Isabelito de que protegiera a Jaume y a su abuela. En los escasos días transcurridos había comprendido lo duro que era la vida de los desheredados. Recordó la tarea que le esperaba, si conseguía llegar a Capachota. Resolvió acelerar la marcha hacia su patria. A tal fin propuso a Ricardo y Joseph despedirse de sus anfitriones y seguir su camino a la gruta para preparar la marcha para el anochecer. Pío se acercaba al grupo con las calzas de Pipino una vez remendadas. Efectivamente, madona Florinda había hecho un primoroso zurcido que nadie las hubiese reconocido tras pasar por sus manos. Pipino se sintió deudor y en un rasgo de gratitud, se quitó del cuello una cadena y crucifijo de oro, una especie de condecoración que le había concedido su Augusto Padre por ser su primogénito y futuro heredero, y se lo colocó a Florinda y ante la sorpresa de todos los presentes, tomó su mano derecha y la besó ceremoniosamente. Con la ayuda de Joseph se interesó por la ruta que iban a seguir. Si pasaban por Capachota él les garantizaba organizar varias sesiones, que habría público para que permanecieran un mes o más tiempo. Pío les informó que tenían un compromiso de actuar en Mirabet con ocasión de la fiesta de Nuestra Señora de la Gracia, Patrona del Pueblo, y de allí se dirigirían a Capachota de paso para Navarra y Occitania. — ¿No era Mirabet a donde se dirigía el caballero Joan de Serralta?— preguntó Joseph a Ricardo.
— Efectivamente — respondió Ricardo.
— Pues — prosiguió Josep dirigiéndose a Pío — me temo que no encontréis un ambiente festivo en Mirabet. En nuestro camino topamos con una comitiva fúnebre que allí se dirigía para enterrar a un Comendador de la Orden del Templo. Al paso que llevaban no habrán llegado todavía a su destino.
— Y por cierto, — intervino Ricardo dirigiéndose a Pipino — cuando el caballero Serralta nos sorprendió mirando la larga comitiva, nos justificamos diciendo que estábamos descansando de tu búsqueda, Pipino, hasta que se hiciera de día, pues temíamos que te hubieses perdido en un terreno desconocido para ti. Nos preguntó si nos referíamos al Príncipe Pipino. Le contesté que ignorábamos que fueras príncipe, que acordamos los tres ir a Capachota y tú no habías acudido al lugar de la cita para iniciar el viaje. Entonces yo le pregunté si él conocía al príncipe. Respondió que no, pero que sí sabía de sus proezas y se nos ofreció a ayudar si nosotros no te encontrábamos.
— Tengo una idea que puede ser favorable para nuestros planes. Joseph, pregunte a Pío si tienen recado de escribir — dijo Pipino.
Pío entró en uno de los carromatos y apareció con lo solicitado que entregó a Pipino. Éste buscó un lugar adecuado para escribir y una vez concluida la misiva la entregó a Pío, mientras pedía a Joseph:
— Dígale que la guarde con la mayor reserva y la entregue, solamente y en mano, al caballero Joan de Serralta. Lo encontrará en el castillo-abadía de los Templarios en Mirabet. Estoy seguro que de una forma u otra será bien recibida y recompensado. Y que espero verles pronto por Capachota.
Despidiéndose uno a uno de los integrantes del grupo familiar de cómicos, ya que nuestras respectivas rutas no coincidían, Ricardo, Joseph, Pipino e Isabelito se dirigieron a la gruta donde les esperaban impacientes las dos mulas y la yegua Rosalía.
Para los intrigados Ricardo y Joseph quedó en el aire, sin respuesta alguna a sus insinuaciones, la petición que Pipino había formulado al caballero Joan de Serralta. Lo único que consiguieron de Pipino, su rotunda negativa de que la misiva fuera una petición.
Llegados a la gruta, mientras Pipino y Joseph recogían sus pertenencias, Ricardo llevó a los cuatro semovientes a abrevar en el manantial próximo a la gruta, como primer paso para iniciar la marcha a la puesta del sol. Había que aprovechar las noches de luna llena. EL COMIENZO DE UNA GRAN AMISTAD Cap. XVIII (1ª parte)CAPÍTULO XVIII EL COMIENZO DE UNA GRAN AMISTAD Donde se demuestra la utilidad de ser gentiles y agradecidos
El hombre bajo y regordete, que como más adelante sabremos respondía al nombre Pío Buoinfligio. No dejaba de acariciar al oso a la par que se protegía de sus reiterados sus intentos de restregar su hocico, con bozal incluido, por su cara. — ¡Oh, signores! ¿Speveratos por mio orso? Sei molto dócile e affectuoso... Oh scusi, Io parlo dialetto treintino, me mio cognatto — señalando a su acompañante — parla un poco il spagnolo. Si appela Guiovanni Terraferma. Joseph Creucer, tradujo para sus compañeros lo dicho por Pío — “Pregunta si nos asustó el oso. Es muy dócil y afectuoso. Pide excusas por hablar en un dialecto triestino, pero su cuñado que se llama Giovanni Terraferma habla un poco de español” Correspondiendo a la gentileza de los propietarios del oso, y en muy aceptable italiano, Joseph se expresó así: — Soy marinero de profesión y hablo, mal que bien, varios idiomas, lo suficiente para entenderme con mis clientes. En primer lugar, voy a presentarles a mis acompañantes: Aquí, a mi derecha, el Excelentísimo Príncipe Pipino de Capachota; a mi izquierda, el comerciante maese Ricardo Ruiz y yo, Joseph Creucer, capitán de una nave de carga. Por razones que no son al caso, concertamos reunirnos en un punto cercano en este bosque, para desplazarnos al Reino de Capachota, cuyo Rey, Pacota VI padre del Príncipe Pipino, precisa de nuestros servicios. Enterados Pío y Giovanni, que el joven que vestía aquellas calzas destrozadas y mostraba algunos arañazos en las nalgas, era un Príncipe de uno de los muchos reinos que entonces había (y por aquello que nunca se sabe con quien te las vas a ver), pretendieron mostrarle acatamiento y pleitesía. Pero entre mantener al oso prudentemente alejado y el oso empeñado en estar junto a su protector Pío, se armó un lío tan cómico que tuvieron que dejar la ceremonia para otra ocasión. Así pues, Joseph continuó en uso de la palabra. — Mientras maese Ricardo, conocedor de este territorio, fue en mi busca a la rada donde fondeé el bajel, el Príncipe salió de caza y se topó con el oso. En seguida se dio cuenta que era un oso amaestrado por ello se abstuvo de usar su ballesta, suponiendo que su amo andaría buscándolo. Percibió que el oso estaba hambriento y como precaución, se subió al árbol. Ante su tardanza en regresar, fuimos en su búsqueda guiados por el fino olfato de su caballo y viendo lo que había ocurrido, trazamos un plan para inmovilizar al oso en espera de encontrar a sus propietarios. Tras atar al oso al tronco de un robusto alce, Pío Buoinfiglio, en gesto de acatamiento y gratitud hincó su rodilla izquierda en tierra ante el sorprendido Pipino, y tomando la mano derecha del Príncipe, estampó un beso en su dorso. Guiovanni Terraferma imitó a su cuñado. Seguidamente, tanto Pío como Giovanni, abrazaron y besaron en ambas mejillas a Ricardo y Joseph. Tras esas efusivas manifestaciones dignas de ser recogidas por los vates en sus canciones, y como estaban acampados cerca de allí, y ya que el oso Amoroso les había dejado sin caza, les instaron a compartir su comida. Pío se ofreció para que su esposa Florinda, recompusiera las calzas de Pipino, asegurando que tal era su arte que las dejaría como nuevas. Giovanni sacó de su faltriquera una corta flauta de bambú con dos orificios con la cual emitió repetidamente un sonido semejante al graznido de un faisán, truco utilizado para darles caza, pero que esta vez se utilizaba para informar al otro grupo formado por sus dos hijos mayores y un perro, que también salieron en busca del oso, que éste ya había sido localizado. Al escuchar unos sonidos semejantes como respuesta a los suyos, Giovanni guardó el reclamo y se hizo con un silbato metálico del que, por mucho que soplara por él no salía ningún sonido. Ante el gesto de sorpresa de nuestros héroes, Pío explicó que el sonido emitido solamente podía ser oído por algunos animales, de entre ellos, los perros. Las señales, inaudibles para los humanos, guiarían a su perro hasta el lugar donde se hallaban. Y así fue: en breve tiempo apareció un enorme dogo que fue directamente a saludar a su amo Giovanni y detrás de él, los hijos de aquel Pietro y Enrico. Mientras caminaban hacia el lugar donde habían acampado los cómicos, Pío les fue informando, con ayuda de Joseph, de quienes eran y de sus proyectos más inmediatos. Constituían una compañía ambulante de cómicos que representaban obras escritas por ellos mismos, en un lenguaje universal: el MIMO. Los componentes de tres familias (18 personas) intervenían en el espectáculo, como actores y músicos. Cada uno de ellos sabía tocar uno o dos instrumentos como el laud, la cornamusa, la lira e incluso habían inventado dos instrumentos de cuerda, basados en el laud, con una especie de mesa como caja de resonancia. Su idea era darse a conocer en los lugares por los que se desplazaban camino de Prades en Occitania, la patria de los juglares, conocer a los de mayor fama y donde tenían que se iban a celebrar unas importantes Justas.
(CONTINUARÁ)
PIPINO SE FUE DE CAZA Cap.XVII
CAPITULO XVII
PIPINO SE FUE DE CAZA Y… Donde se aclara el gesto displicente de Isabelito y de una de caza que estuvo a punto de terminar en tragedia.
Ricardo se quedó chasqueado ante la actitud displicente de Isabelito. Siendo así que liberándolo del morral que llevaba puesto, increpó al caballo por dos motivos: a) Por su gesto despreciativo e inoportuno cuando a modo de presentación pidió a Isabelito que tratara bien a la yegua Rosalía. b) Por haber consentido que Pipino se fuera a cazar sin acompañarle. Isabelito soportó estoicamente los reproches y cuando le fue posible intervenir se despachó dando una lección de biología a sus oyentes. — Deberíais saber que los lazos de afecto entre los animales, en especial y entre los mamíferos en particular, se limitan a las madres y su camada, hasta que las crías se pueden valer por sí solas. Cuando las hembras estén en condiciones de ser fecundadas, ya se encargan ellas de hacerlo saber. Rosalía no está aún en esas condiciones. En cuanto a mi amo Pipino, él desoyó todos mis consejos y no quiso soltar mi cabezal para que le acompañase. Ricardo y Joseph quedaron boquiabiertos por las manifestaciones de Isabelito. Aún aceptando su capacidad de hablar, lo que más les asombró fue lo ajustado de sus razonamientos Ricardo se dirigió a él, diciendo; — Isabelito, eres mucho más listo de lo que creíamos; de ahora en adelante, por lo que a mí concierne, tendré muy en cuenta tus opiniones. Ahora dime ¿crees que podrás seguir su pista? — Lo intentaré, Pipino tiene un olor muy peculiar. Se equiparon convenientemente, tomaron dos lancetas y Joseph y Ricardo precedidos de Isabelito como guía, se lanzaron a la localización de Pipino. Recorrieron los alrededores de la gruta inspeccionando las ramas rotas recientemente y la posibilidad de pisadas de humanas por los senderos, siguiendo todas las pistas por leves que fuesen, y llamando a Pipino a gritos. El silencio reinante les hizo pensar en que la presencia de Pipino, era evidente, pero también se les abrían muchos interrogantes ¿estaría herido? ¿O inconsciente? Llegaron al borde de un barranco de no fácil descenso y tras consultarse mutuamente descartaron la posibilidad de que Pipino lo hubiese cruzado por el lugar donde se hallaban. Así pues continuaron explorando en dirección a un altozano que atisbaron a la derecha. Isabelito se detuvo y olisco en esa dirección. — Percibo — dijo — un fuerte olor, más bien es hedor. No puede ser de Pipino, no… no… — ratificó oliscando de nuevo — Dejad ya gritar. Tendríamos que buscar la manera que fuéramos contra el viento para acercarnos, sin que nos huela eso que pudiera ser un caballo u otro animal de esa talla. Y así fueron avanzando en círculo, cuyo centro teórico era esa “cosa” que despedía ese fuerte hedor y, en cambio, el olor que el grupo emanaba no pudiera ser detectado. Muy lentamente, procurando no pisar nada crujiente, fueron avanzando en la dirección que el fino olfato de Isabelito les señalaba y al cabo de unos minutos llegaron lo suficientemente cercanos para contemplar el siguiente cuadro: Un enorme oso pardo devorando algo que iba sacando de un morral que estaba junto a un almendro y al lado de la ballesta, la moderna arma con la que se había derrotado al bajel pirata; Pipino subido a un cercano y robusto árbol, con el cuchillo de monte tratando de cortar las ramas que pudieran favorecer la subida del oso y chillando: — ¡Maldito oso! ¡Se está comiendo mi caza! Al oír la imprecación el oso levantó la cabeza y lanzó un rugido del que no se podía esperar ningún buen augurio. Entonces pudieron observar que de la nariz del oso pendía un aro deduciendo por ello que no se trataba de un animal silvestre. Con toda seguridad debía haberse escapado de una “troupe” de zíngaros. Ocultados en la espesura y en voz baja estuvieron haciendo planes de cómo rescatar a Pipino de la comprometida situación en que se hallaba. En primer lugar había que hacer llegar a Pipino su presencia y en segundo lugar amansar al oso el tiempo suficiente para que Pipino se pusiera a salvo. Como ya casi sucedía por costumbre, fue Isabelito quien tuvo la idea salvadora. Propuso: a) Avisar a Pipino. Bastaría que Isabelito lanzase dos relinchos espaciados, Era un código tiempo ha establecido entre él y su amo. b) Uno de los dos, Joseph o Ricardo, se pondría a salvo trepado a un árbol, mientras el otro, a lomos de Isabelito, volvería a la gruta para hacerse con una robusta cuerda y buscar en el carromato de Ricardo una pandereta o utensilio para sirviera para imitarla. Joseph propuso quedarse para ayudar a Pipino si se presentara la ocasión. Trepó a un árbol cercano, armado con su lanceta, y se acomodó en una rama desde donde podía vigilar los acontecimientos e intervenir en ayuda de Pipino si era menester. Lanzó Isabelito su relincho codificado que fue correctamente interpretado por Pipino. El oso abandonó su comida y la guardia al pié del árbol al que se había encaramado Pipino y dio una vuelta de reconocimiento, poniéndose varias veces en pié y olfateando. Como el viento soplaba de cara a los ocultados, no pudo localizarlos. Volvió a los restos medio devorados de las cinco liebres cazadas por Pipino y continuó con su banquete. Isabelito y Ricardo salieron caminando quedamente de su refugio y cuando consideraron que se habían alejado suficientemente, Ricardo montó al caballo y a trote ligero llegaron a la gruta refugio, por el lado contrario tomado a la dirección tomada en la salida. Comprobaron que todo estaba tal cual lo dejaron al marchar. Rebuscó en su carromato y se hizo con un cernedor, una hoz, un machete, un pértiga de madera y un rollo de cuerda. Del macuto de Creucer, extrajo el recipiente de Hidromiel con ánimo de tomar un reconfortante trago. Isabelito le increpó: — ¡Alto ahí! Guárdate de tomar de ese mejunje, que además de que puede nublar tus facultades, nos puede ser muy útil para emborrachar al oso y adormecerlo. Vale más que pienses como vamos a llevar todos esos trastos y al oso si somos capaces de cazarlo. — Mi plan es utilizar unas alforjas para llevar esos tratos como tu dices — respondió Ricardo — y al llegar, desde un lugar oculto que nos dé el aire a la cara, golpear rítmicamente el cernedor como si fuera una pandereta. El oso empezará a bailar a su son y tratará de localizar a su amo. Lo apartaremos de los árboles donde están Pipino y Joseph para que bajen y ayuden a sujetarlo con la cuerda… Isabelito movía la cabeza de un lado a otro y con la pezuña delantera derecha rascaba el suelo, lo que hizo que Ricardo interrumpiera su discurso y le preguntara: — ¿Qué te pasa? ¿No estás de acuerdo con mi plan, Isabelito? — Solamente en lo de golpear rítmicamente el cernedor por si se consigue engañar al oso y apartarlo de los árboles donde están Pipino y Joseph, para que ellos puedan descender con la seguridad de no ser atacados. No creo que el oso ataque a nadie pues debe estar saciado tras comerse las cinco liebres. En todo caso estará sediento. Y aquí es donde entra en escena el Hidromiel. Lo volcamos en un caldero y mediante la pértiga se lo acercamos. Su intenso aroma le atraerá y verás como se lo bebe de un tirón. Al rato se echará a dormir y será el momento para salir de allí. — ¿Y dejarlo en el bosque sin atarlo a un árbol, siquiera? — Ricardo, ese oso está acostumbrado a que el amo le alimente y presumo que no sabe cazar. Su dueño lo debe estar buscando y el buscará también a su amo cuando el hambre lo azuze. — Pero si lo emborrachamos se complica la posibilidad de que su amo lo encuentre — adujo Ricardo. — Reducir la dosis y mezclarla con agua, es lo que se puede hacer. Dieron ambos por buena esta solución y a tal fin se hicieron con un pequeño odre que fueron a llenar manantial cercano a la gruta. Llegados al lugar idóneo para que el oso no les pudiera ventear, Ricardo tomó el cernedor y empezó a golpearlo rítmicamente (pom, pom, pom, pompompom, pom)… observó que el oso se levantó sobre sus patas traseras, olfateando en todas direcciones y soltó un poderoso rugido. Ricardo se dispuso a preparar el caldero con el agua del odre para hacerlo llegar al oso. Asombrado oyó que se repetía un ritmo semejante al que él había producido con el cernedor, pero mucho más fuerte y con el aditamento de sonar cascabeles. Una voz repetía un sonsonete en una lengua para Ricardo desconocida. Mientras el oso venteaba avanzando hacia la dirección de donde procedía el ritmo y el sonsonete, inició una especie de danza, desplazándose ora a la derecha, ora a la izquierda, vuelta a la derecha, vuelta a la izquierda. Ricardo e Isabelito instaron que Pipino y Joseph descendieran de sus respectivos árboles y se reunieran donde ambos se habían ocultado. El Oso seguía con su danza al son del rítmico pandero que cada vez se oía con mayor nitidez con el sonsonete que acompañaba al ritmo: Cari orso, fornito con il propietario, essere bravo ragazzo” A cada final de la frase el oso correspondía con un gruñido. Un hombre bajo y regordete llevando una larga cadena, acompañado de otro, como contraste, muy alto y delgado que no cesaba de tocar un pandero, entraron en el claro del bosque. El oso se lanzó en brazos del hombre regordete lamiéndole la cara, mientras el regordete repetía: — ¡Bravo ragazzo! ¡bravo ragazzo! — ajustándole la cadena al cuello y colocándole un bozal. La presencia en escena de Pipino, Joseph, Ricardo, sorprendió a la pareja que acababan de llegar, tanto como a nuestros “héroes” el comportamiento del “fiero” oso. Isabelito, en cambio, estaba radiante de contento. Él ya había supuesto cual iba a ser el desenlace. CAMINO A LA GRUTA (CAP.16 2ªPARTE)
EL CABALLO ISABELITO CAPITULO XVI, 2ª parte CAMINO DE LA GRUTA REFUGIO
Los sucesos acaecidos a los dos viajeros durante la marcha nocturna hacia la gruta donde esperaba Pipino e Isabelito y su sorpresa inesperada que adivinarán los que leyeren el relato.
Provistos de una linterna de posición, tomada del equipo del bajel, precaución adoptada para que dos semovientes no resultasen heridos por los abundantes zarzales que bordeaban el camino. Previamente les habian vendado las patas desde la pezuña al corvejón, pero temían que en la boscosa oscuridad pudieran sufrir arañazos en muslos y barriga. Como quiera que al salir al sendero que enlazaba con el camino Real, el fanal hubiese sido un estorbo, Creucer convino con el vigilante de esa zona el lugar donde se dejaría para su posterior recuperación. La luna resplandeciendo aún con timidez les permitía avanzar rapidez por el sendero. Llegando a la altura de la era de trillar ya divisaron la cabaña de cuya chimenea salía una voluta de humo. De buena gana hubiesen llamado para que sus miembros entumecidos por el húmedo ambiente nocturno, hubiesen recibido con alivio el calor del encendido hogar. Sin embargo prefirieron seguir adelante para no dejar huellas de su paso. Al llegar al fin del sendero y antes de tomar el camino real, guarnecidos por una plantación de frutales, se apearon y tomando toda clase de previsiones para no ser sorprendidos encendieron una pequeña hoguera, dejando que la mula y la yegua pastorearan en torno a ellos. Sentados en torno a la hoguera, siempre con los cinco sentidos alerta, no fue óbice para que Creucer echara mano a su morral y extrajera de él un recipiente con hidromiel, bebida preferida por los marinos. Un buen trago les hizo recuperar el ánimo para continuar la marcha nocturna. Apagaron la hoguera, dispersando los restos para evitar que el aire que soplaba a ráfagas avivara algún rescoldo. Reanudaron la marcha en dirección Norte. Ricardo, como conocedor de la ruta, se había adelantado unos pasos por la izquierda del camino, ya que era en esa dirección que tenían que torcer para tomar la senda que les conduciría a la gruta utilizada como campamento transitorio. Se detuvo e hizo señas a Creucer para que le imitara. — Me ha parecido oír cánticos— le dijo cuando estuvo a su altura. Empinados ambos en los estribos de sus monturas, prestaron atención. — He visto un resplandor… Si vea, vea… al fondo…, a la derecha. Es tenue… y muy lentamente crece… como si recorrieran una curva… —comentó Creucer que como marino profesional, estaba acostumbrado a otear y distinguir matices. —Efectivamente, — dijo Ricardo — el camino hace una curva a la derecha por este lugar. Es, justamente, al llegar a esa curva que hemos de desviarnos a la izquierda y tomar nuestra senda. Ocultémonos aquí. — señalando un tupido pinar a su izquierda. Penetraron en el bosque, se apearon de sus monturas que conducidas agarradas por las riendas las situaron a unas veinte varas del borde del camino. Allí las sujetaron a unas ramas de carrascales, colocándoles el morral para fueran comiendo avena y estuvieran silenciosas y quedas. Tomadas dichas medidas, ambos se situaron agachados tras unas matas de pinacho próximas al camino. El resplandor ya era visible. Cuatro personas vistiendo sayos frailunos y luciendo capuchas, portaban gruesas antorchas encendidas, ocupando todo lo ancho del camino. Iban abriendo paso a una comitiva a la que se iban incorporando dos hileras portadores de antorchas, una por cada borde del camino. A continuación apareció ante su vista tres jinetes armados, escoltados por cuatro portadores de antorchas (dos a cada lado del camino) y tras ellos tres monjes, uno de ellos, el del centro, portador de un crucifijo y los dos restantes con pendones de la Orden Caballeros del Temple, llamados también “Los pobres soldados de Cristo”. Detrás caminaban cuatro frailes llevando a hombros unas parihuelas en las que se apreciaba la silueta de un sarcófago, cerrando el desfile procesional tres sacerdotes vestidos con alba, casulla y birrete de oficiante, rezando unos salmos que los numerosos portadores de antorchas respondían unas veces con Ora pro Nobis, Kirie Eleison o Christe Eleison. Roberto y Joseph, entendiendo que se trataba de un transporte fúnebre se arrodillaron, cuando la larga comitiva iba a pasar frente al lugar donde se habían ocultado. La iluminación era tan intensa que uno de los jinetes armados los descubrió. Se separó de la comitiva y desenvainando la espada y apeándose de su caballo se situó frente a ellos. — ¿Qué hacéis en este lugar? — Clamó amenazador. — Estábamos descansando cuando os vimos venir y ahora rezábamos por el difunto — respondió Ricardo quien asumió el protagonismo de llevar la conversación en evitación de que el deje en la pronunciación de Joseph le delatara su origen patrio. — ¿Conocíais al difunto, acaso? — No le conocíamos, señoría. ¿Acaso es pecado rezar por un difunto, siendo que fue en vida una persona principal? Somos fervientes devotos, señoría. — ¿Cómo sabéis que era persona principal? — Se deduce por el cortejo de su entierro, señoría — Era nuestro Comendador y lo conducimos para enterrarlo en Mirabet. Pero no me habéis dicho que hacíais en este lugar a tales horas de la noche. —No somos bandidos, señoría. Buscamos a un amigo que tememos se haya perdido por estos andurriales y para no ir y venir de la Aldea, nos hemos tumbado a descansar para cuando amanezca continuar su búsqueda. Se llama Pipino, es de Capachota y volvía a su tierra por un llamado urgente de su padre. — ¿No será el Príncipe Pipino? — Nosotros ignoramos que sea Príncipe, señoría ¿Vos lo conocéis, señoría? — No. Pero he oído mucho sobre sus gestas. Me gustaría ayudaros. Si no lo encontráis, mandarme recado a Mirabet. Soy el caballero Joan de Serralta. Montó en su caballo y recuperó su lugar en la comitiva.
En cuanto la comitiva se alejó suficientemente, Joseph y Ricardo tomaron sus respectivas monturas y continuaron camino adelante hasta alcanzar la senda que les conduciría a la gruta. Llegaron frente a la citada gruta bien levantado el día sorprendiéndoles el silencio que reinaba en sus cercanías. Separaron el camuflaje de la entrada. Allí encontraron el carromato y al fondo de la gruta comiendo plácidamente de sus morrales, la mula e Isabelito. Ricardo se aproximó a Isabelito y liberándolo del morral le preguntó por Pipino. Ante el asombro de Joseph, Isabelito respondió: — Ha ido de caza. Acomodaron a la mula y a la yegua. Ricardo tomó dos recipientes de su carromato y conocedor del lugar, fue en búsqueda agua de una fuente que manaba cerca de la cueva. Reservando un cubo para las necesidades humanas, abrevó con el otro a las recién llegadas, mientras decía: — Te hemos traído compañera Isabelito, Se llama Rosalía. Trátala bien. Isabelito se la miró de reojo dio un bufido y siguió comiendo su ración de avena y alfalfa. UN HOMBRE LLAMADO RICARDO (Cap XVI)
EL CABALLO ISABELITO CAPITULO XVI Un hombre llamado Ricardo Rodrigo Ruiz
Donde la presencia de ánimo de R.R.R empieza a dar sus frutos
Los cinco hombres, dos de ellos armados con arco y su carcaj con flechas y los tres restantes con lancetas, venían hablando entre ellos. Desde el lugar donde se ocultó Ricardo se oía levemente fragmentos de su conversación. Así entendió que se le preguntaba a un tal “Enric”: — A ver Enric ¿qué te decía sobre una ballesta? — Que tenía una ballesta y me amenazaba con ella. — ¿Estás seguro… Se iban alejando tierra a dentro y el viento que soplaba en la misma dirección, lo que no permito a Ricardo oír nada más que murmullos. Salió de su escondite y continuó avanzando hacia Levante. Súbitamente se encontró pisando la arena de una playa de unas cincuenta varas de longitud, cerrada al Sur y al Este por acantilados rocosos, formando una ensenada de unas cuarenta varas de anchura. El lugar era como un muelle portuario creado por la naturaleza, y en el cual, en su lado derecho se percibía la entrada de una gruta, situada a una altura que la ponía al abrigo de la marea alta. Un lugar discreto y perfecto para depositar mercancía entrada de contrabando. Y allí vio anclado el navío “Verge del Bon Viatge” y un montón de fardos de varios tamaños, depositados en la playa sobre una gran lona, posiblemente un velamen de reserva. Ricardo no poseía grandes conocimientos náuticos pero si sabia que si la profundidad de ese brazo de mar no era suficiente, el barco hubiese quedado embarrancado. Por ello, supuso, que fue aligerado de su carga. Dos hombres salieron de la gruta, llevándose la gran sorpresa de ver un extraño montado en su mula y contemplado el velero. Antes de que pudieran reaccionar Ricardo se dio a conocer: — ¡Hola! Vengo en busca del Nostramo Joseph Creucer. Traigo noticias de Pipino. — ¿Quién sois vos? — Soy Ricardo Rodrigo, chamarillero, amigo de Pipino el que os salvó del abordaje del bajel pirata. — ¡Ah sí! Ahora recuerdo — dijo uno de ellos — Yo estuve a su lado ayudando a cargar la ballesta. ¿Qué querías del Nostramo? — Ya lo he dicho, traigo un mensaje de Pipino para él. — ¡Pero si Pipino hace tres días que se marchó de aquí! — Dijo el primero. — Lo sé; fue en busca mía — respondió Ricardo y añadió —Los planes se han torcido. Uno de ellos, el de más edad, que resultó ser el Segundo de a bordo, llevaba un silbato marinero que sopló repetidas veces con una cadencia que denotaba un mensaje que en términos militares se denominaba “generala”. De varios lugares de la rada se respondió de igual forma. Tras una pequeña espera fueron acudiendo todos los tripulantes diseminados por el entorno, unos con la misión de pescar para reforzar la despensa, otros como vigías, y el grupo de los cinco que se había cruzado con el oculto Ricardo. — ¿Pasa algo grave Sebastiá? — preguntó en catalán el Nostramo. — No Joseph. I vosaltres — señalando a los reposteros y vigías — cadascú a la seva feina. — Aquí tienes — siguió hablando Sebastiá — a en Ricardo Rodrigo que trae un mensaje de Pipino. — ¿Qué le ocurre a nuestro amigo? — Mi mensaje tiene dos partes — respondió Ricardo — Primero que la flota reunida en Salauri no se hará a la mar hasta últimos de agosto o primeros de septiembre. Segundo, que Pipino no puede permanecer en Salauri por la misma razón que usted tiene, señor Joseph Creucer, y por que es urgente que nuestro amigo Pipino tome posesión del cargo de Edecan para enderezar el Gobierno de su patria, perturbado por la intromisión de un falso Baronet. Vengo a tratar con vos, señor Creucer, cualquier solución que pueda resolver que usted y Pipino puedan entrevistarse con el Príncipe Igor; que usted pueda distribuir la carga de algodón que ahora intenta alojar en la gruta y que su goleta quede fuera de riesgo de ser requisada por la escuadra real. — ¿Tenéis vos alguna propuesta al respecto? — dijo Creucer — La tengo: Con respecto a la carga: Es buena idea almacenarla en la gruta, si no tenéis vos necesidad de venderla o si la tenéis comprometida y el receptor puede esperar. Si precisáis venderla yo os lo puedo facilitar reuniendo a varios colegas chamarilleros, discretos y de fiar que abonándoles una pequeña comisión la distribuirán donde queráis en el país o fuera de él. Con respecto a vos, una vez asegurada la custodia de la goleta y la fidelidad de vuestros hombres, que se supone, dejarlos al mando de vuestro Segundo, Sebastiá, y acompañarnos con Pipino, a la heredad del Príncipe Igor, discreta y bien defendida por sus cosacos. Tras la reunión volvemos vos y yo, que me pondré a vuestra disposición si queréis vender la carga. — No es mala idea. Os contestaré después de la comida que realizareis con nosotros — respondió Creucer, añadiendo: — En caso de marchar ¿cuando sería? — Al salir la Luna. Hemos de hacer el camino de noche para mayor seguridad — ¿Y cómo, a pié? Porqué yo no tengo montura. — ¡Ah, es verdad! No había caído en el detalle. Cerca de aquí compre la mula que llevo. Me costó treinta doblas. Creucer avanzó su mano derecha hacia el lugar ocupado por Sebastiá, quien depositó en ella una bolsa, y dirigiéndose a Ricardo, dijo: — Tenga Ricardo, y hágame el favor de comprar una montura. — ¿Qué montura preferís? Caballo o Mulo. — Lo que luego sea más fácil de vender. — Con este gesto, señor Creucer, ya me habéis dado la respuesta. Saldremos esta noche. Ricardo revisó la silla de montar de Blanquita, ajustó las cinchas y cabalgó. Con un gesto de despedida salió al sendero en dirección al camino Real. Creucer le gritó: — ¿Sabéis a donde os dirigís? — ¡Si! Voy al Mas del Renegat. Allí se acostumbran a reunir tratantes de animales. Es una pequeña Lonja. — Fue la respuesta.
Tardó tres cuartos de hora en llegar. No había mucha concurrencia; los tambores de guerra alejaban a los comerciantes, en especial cuando se trababan de artículos que se podían, y se acostumbraba, decomisar. Dio un par de vueltas al recinto llevando a la mula por el ronzal. Uno de los asistentes le preguntó por el precio de la mula — No vendo. ¿Has visto al Coix? — Míralo. Se está marchando ahora. ¡¡Eh, Coix!! ¡Qué aquí te buscan! — ¡Vutua l’óli! ¡Si es el Ricard! Me marchaba porque hoy no he fet caláix. ¿Que te trae por aquí, xec? — A ver que tienes que valga la pena. —Mira esta yegua. Mírala bien, fíjate en su dentadura — con las manos le separa los labios y obliga abrir la boca a la yegua — Es canela fina. —Bueno, bueno…¿Pero cuánto? —Por ser tú te la dejaría… en sesenta doblas. —No puedo gastar tanto dinero. He mallevado sesenta doblas, pero he de comprar el cabezal y la silla y… —No se hable más. Te la dejo en cincuenta. —No…no…no… Ni lo tuyo, ni lo mío: Cuarenta y cinco doblas y me la llevo. —Bueno, acepto, pero doblas de oro en mano, ¿eh? Se estrecharon las manos como confirmación de haber cerrado el trato y Ricardo le hizo entrega de la cantidad acordada. Tras mostrarle que la yegua no presentaba ninguna marca de pertenecer a alguna yeguada determinada, el tratante le hizo entrega de un pergamino en el que constaba que había vendido la yegua “Rosalía” por cuarenta y cinco doblas de oro al tenedor del documento. Faltaba encontrar una silla de montar adecuada y un cabezal que sustituyera el ronzal de cuerda. Indagando allá y acullá, llegó a enterarse que en un cercano pueblo llamado Ampostera residía un guarnicionero que posiblemente los tendría confeccionados. Allí se dirigió y la suerte estuvo de su lado, pues justamente acababa de terminar una silla y le insinuó que con un aumento por la urgencia con que le era solicitada, se la vendería a él, retrasando la entrega del encargo de su cliente. O sea el favor que le hacía a Ricardo incrementaba el coste de la silla y cabezal a veinticinco doblas, en vez de las veinte que como máximo solían cobrar por ambas cosas. Con un rostro que reflejaba el exitoso final del viaje y medio muerto de hambre, llegó al campamento de Creucer y sus muchachos, pasadas las tres de la tarde. Afortunadamente, no olvidó adquirir forraje y cebada en cantidad suficiente para cubrir el consumo de las monturas, necesario hasta alcanzar la gruta donde les esperaba Pipino. Comió rebañando el perol que le reservaron y mientras Creucer disponía lo que esperaba que sus muchachos hicieran durante su ausencia, Ricardo se tumbó a la sombra de un pino y quedó dormido en un santiamén. Se despertó cuando empezaba a oscurecer. Su mula permanecía a su lado descansando sobre sus cuartos traseros. Se dirigió a ella con el morral de avena y ella se levantó para comer el sabroso cereal y reponer energías. No vio a la yegua, supuso, como comprobó más tarde, que Creucer se estaba familiarizando con ella dándole forraje y paseándola por la playa. Tomaron una frugal cena y esperaron la salida de la luna, para iniciar la marcha hacia la caverna a la que esperaban llegar con las primeras luces del siguiente día. LA AVENTURA DE RICARDO (CAP.XV 2ªPAR.)
EL CABALLO ISABELITO CAPITULO XV (2ª parte) La aventura de Ricardo Donde el lector se enterará de las trepidantes aventuras que sucedieron a Ricardo andando en busca del Nostramo Joseph
Pipino recordó, repentinamente, su compromiso con Joseph Creucer, comentando a Ricardo la necesidad urgente de advertirle y su decisión de marcharse. — Pipino —le dijo Ricardo— si te descubren corres un gran peligro. Piensa que por ser aristócrata y cristiano, aunque no seas vasallo del Rey Jaume, tienes una obligación moral de ayudar en la liberación de Mallorca de las manos sarracenas. Esto es como una cruzada y yo sé que en ella participan varios nobles occitanos. Eres fácilmente reconocible y si te llevas a Isabelito, aun más. Y aunque fueras con una de mis mulas, tu porte te delataría. Voy a ir yo como ya te dije y marcharé ahora mismo. Así que explícame como llegar donde ha fondeado Creucer. Pipino hecho mano a la bolsa donde guardaba la ballesta y entregó a Ricardo el mapa dibujado por Creucer. Ricardo lo examinó y atendió las explicaciones de Pipino. — ¿Acordasteis alguna contraseña? – preguntó — No, pero creo que bastará decir: “Creucer”, o “Verge del bon viatge”, o tal vez mejor “Ballesta”, a la que debimos la salvación al acertar con ella a incendiar la vela mayor del buque pirata. A punto de marcha, Ricardo le recomendó mucha prudencia, no alejarse mucho de la gruta y mantener el camuflaje de la entrada, recordándole que los pájaros enmudecen cuando se aproxima gente desconocida. Le recomendó que si cazaba alguna pieza para aumentar las provisiones, lo hiciera solamente entre las que se aproximaran a la gruta. Así variaremos el yantar – bromeó — pero no te exhibas demasiado. Pipino soportó estoico el aluvión de avisos y consejos como si él, afamado competidor, fuera un principiante en esas lides, apreciando la estima que Ricardo le profesaba y su preocupación por su seguridad. La luna había alcanzado ya su cenit cuando Ricardo y su mula Blanquita iniciaron su marcha hacia el “port del fangal”. Hizo a pie, llevando del ronzal a su mula, el tramo de la senda que les condujo a la gruta, hasta que salió al camino real que dada su mayor anchura quedaba mejor iluminado por la luna. Cabalgó en su mula que lentamente se dirigió con rumbo sur, con toda precaución y atento a cualquier ruido sospechoso. Cuando salía del tramo del camino que atravesaba el bosque, la débil luz lunar le permitió vislumbrar un horizonte con mayor amplitud que supuso eran los terrenos en cultivo que le comentó Pipino. Repentinamente la mula se detuvo y se manifestó inquieta; sus orejas delataban alarma. Ricardo echó pie a tierra y sujetándola por las riendas trató de calmar al animal al mismo tiempo que se esforzaba en localizar el motivo de su alarma. Se previno poniendo al alcanza de la mano su lanceta y la daga. Una piara seis de jabalíes, apareció unas tres o cuatro varas delante de él; ignorando su presencia, cruzaron el camino y desapareciendo por el lado contrario internándose en el cultivado campo. Desaparecida la piara, volvió la tranquilidad a reinar en sí mismo y su montura. Reemprendieron la marcha camino adelante hasta que los primeras luces de la aurora permitieron a Ricardo alcanzar a ver la barraca visitada por Pipino y más abajo a su izquierda, la era donde trillaba las parvas de arroz el jovenzuelo Jaume, nieto de la señora que tan amablemente atendió a Pipino. Giró entonces a su izquierda para orillar la era y dirigirse rumbo Este hacia la costa. Habría transcurrido unas dos horas cuando decidió detenerse para que la mula descansara y repusiera fuerzas pastando en un prado, antesala de un bosquecillo de pinos que atravesado por el camino que había de conducirle al fondeadero. Un corto descanso que fue beneficioso para ambos: él echando mano al zurrón, de donde extrajo un trozo de queso de cabra y una hogaza de pan, y la mula mordisqueando la plantas del prado. Tras beber en una fuente que manaba en las proximidades de donde se hallaban, consultó el tosco plano que Pipino le había entregado y reemprendieron la marcha en dirección a donde pretendía llegar: al mar Mediterráneo. A medida que se iban internando en el bosque se incrementaba su dificultad por las zarzas que bordeaban el camino, lo que le obligaba a desmontar e ir apartando con la lanceta sus largas ramas espinosas que podían causar heridas en los remos del animal. Esta precaución hacía muy lento el avance. Súbitamente, alguien oculto por la espesura de los zarzales le gritó con fuerte vozarrón: — ¡¡¡Donde supone que va el señor!!! ¡¡¡Deténgase!!! Ricardo, alardeando una tranquilidad que en realidad no tenía, aminoró su paso y respondió: — Vaya manera de recibir a un cristiano devoto de la Verge del Bon Viatje. Me informaron que en este lugar había una ermita. Y allí me dirigía. — Pues te informaron mal. Aquí no hay ninguna ermita y vale más que vuelvas grupas y te marches. — ¿Acaso es tuyo este monte? Mi informante me dijo que estaba libre de peaje. — Menos hablar y márchate de una vez. El amo me dijo que no pasara nadie. — Sal al camino y dímelo a la cara. — No tengo por qué salir. Tú tienes que marcharte. — Lo que pasa es que tú ni tienes valor ni estás armado, por eso te escondes. Yo llevo una ballesta, has oído, una ballesta, y si tu amo se llama Joseph, harás bien si le dices que el que quiere pasar lleva una ballesta y que pasará para hablar con él de esa ballesta, quieras tú o no quieras. A esa conversación, siguió un periodo de silencio. Ricardo convencido de que las amenazas eran simples bravuconadas, transcurridos unos instantes espoleó a la mula para acelerar su paso, avanzando por el camino en dirección al mar. Ya podía ver el azul del horizonte y escuchar el rompiente de las olas; se detuvo, salió del camino y alcanzó un altozano con el propósito de cerciorase si el navío que Pipino le había descrito con tanto detalle, estaba anclado en aquel lugar. El sitio que alcanzó le permitía contemplar la casi totalidad de la rada, y no vio navío alguno. Pero no pudo inspeccionar una zona situada en la vertical de donde él estaba, en la que observó que se concentraban muchas gaviotas en vuelo, síntoma que hacía suponer abundancia de restos comestibles, presencia humana. Decidió a volver al camino de acceso. Empezó el descenso cuando observó inquietud en su mula. Se apeó, le puso el morral de la avena para comiera y no se le ocurriera rebuznar y se ocultaron ambos. Efectivamente, un grupo de cinco hombres procedentes de la rada, se acercaban a donde estaban ocultos Ricardo y su mula. SORPRESA TRAS SORPRESA (Cap.XV)
EL CABALLO ISABELITO CAPITULO XV
Sorpresa tras sorpresa va avanzando Pipino en su mundo personal e intransferible
Parecía que el Hostal se había vaciado por completo dado el silencio que se hizo repentinamente en cuanto Pipino traspasó el umbral. — Buenos tardes nos dé Dios — dijo como saludo nuestro Príncipe Allí, al fondo de la desierta y oscura sala vislumbro una figura que parecía absorta leyendo un documento a la luz de un candil. Se aproximó unos pasos y volvió a repetir el saludo. El desconocido levantó el candil hasta que su vacilante llama iluminó el rostro de Pipino. — ¡¡Por Belcebú!! ¡De dónde sales Pipino? — ¡En busca tuya Ricardo! Iba a preguntar por ti al mesonero. — ¿El mesonero? Lo ha llamado el Rey. Precisamente revisaba mi deuda con él. No puedo esperar más, He de marcharme. Y tú también ¿Has traído el caballo? — Si. Está en el patio — Pues te va hacer falta. Le dejo lo que le debo donde Just el mesonero sabe de otras veces y nos vamos ahora mismo. — ¿Vamos a Salauri? — No, no. Nos alejamos de esta tierra. Venga, en marcha, por el camino te lo explico. Y saliendo al patio se dirigió a su carromato montando en el pescante, mientras seguía dando instrucciones a Pipino — Ata a Isabelito detrás, te sientas a mi lado y no te entretengas. Pipino no salía de su asombro. Nunca le habían hablado tan irrespetuosamente, mas aceptó el hecho que Ricardo conocía mejor que él la urgencia de salir de allí inmediatamente. Al retirar el morral a Isabelito, éste hizo ademán de preguntarle algo; pero como vio que Pipino se llevaba ostentosamente una mano a la oreja, recordó que no debía hablar. Salieron del patio y tomaron el mismo camino recorrido por Pipino e Isabelito, pero en sentido contrario. Ricardo comentó: —Vamos a tomar un camino muy malo pero muy poco frecuentado. Hoy habrá luna llena, viajaremos de noche y descansaremos de día hasta que hayamos salido de la jurisdicción del rey Jaume. Con todos sus sentidos alerta, fueron avanzando unas diez toesas hasta llegar a una bifurcación a la derecha de su marcha, apenas perceptible pues más que camino era una senda para ser utilizada por la fauna local y algunos cazadores. Cuando ya había anochecido, Ricardo detuvo el carromato y dio un descanso a sus mulas invitando a Pipino que hiciera lo mismo con Isabelito. Pipino aprovechó para poner al corriente a Ricardo del objeto y proceso de la reunión con Ib Amenibe, docto Arsénio, docto Demetrio y los dos frailes, Dom Acisclo y Dom Teodoro; el motivo de haberse aplazado hasta disponer de un alambique apropiado antes de continuar con la investigación. También le comentó la persecución del Trirreme por el bajel pirata, de como pudo resolverse con ayuda de la ballesta y del proyecto formar una sociedad para fabricar una arma defensiva, fácil de instalar y de manejar, para ello era preciso convocar a Igor y presentarle a Joseph dueño de la embarcación “La Verge del Bon Viatge”. La idea inicial era que Pipino quedaría en Salauri esperando la llegada de Igor que habría recibido una nota por medio de él, de Ricardo. A su vez, Ricardo informó a Pipino de la desaparición del Edecán Cirue, conocida por casi todos los habitantes de Capachota, menos de Pipino y que a su Insigne y Real Padre le había salido serio competidor en la figura de un “Baronet” que él mismo se declara, aupado por el Antipapa Luna y que es amigo íntimo del Rey Jaume. Ese baronet que dice llamarse Silvero de Maidreste, es un sinvergüenza aún mayor que Cirue. Impone diezmos a todos los labradores del reino con total impunidad porque se apoya en el Jefe de las fuerzas militares a cambio de repartirse con él los ingresos que se obtienen. Y añadió: —Tienes que ir a Capachota y echar a esos dos desmandados. Yo sé que el pueblo te ayudará. También contarás con la ayuda de Igor y sus cosacos. Tu señor padre es demasiado científico para gobernar. Es un buen naturalista pero un mal Rey. Tú debes suplirle como Edecán, entre otras razones, porque algún día heredarás el trono… Bueno, si no os echan antes. — No confíes en el Jefe Marciano que es un tunante mayor que Cirue y el baronet juntos; si te llega a detener como quería Cirue, seguro que hubieses desaparecido para siempre. Antes de entrar en Capachota iremos a ver a Igor que ya me dijo que si te localizaba te dijera que contaras con él y sus cosacos. —Hemos de procurar pasar desapercibidos tanto aquí como cuando lleguemos a Capachota por eso viajaremos de noche hasta entrar en el bosque controlado por Igor. — ¡Ah! Quiero que sepas que si te hablo así, sin respetar tu alcurnia, es porque nadie, nadie, debe saber que eres Príncipe y que tu caballo es Isabelito. Desde aquellas exhibiciones que se hicieron para recaudar dineros, en todas las ferias que voy me piden que se repitan, lo que significa que nos recuerda mucha gente. Pipino se quedó sin habla al constatar le delicada situación en que se hallaba: Huyendo de las requisas que por orden del Rey Jaume se efectuaban para asegurar el éxito en la conquista de Mallorca; lo que iba a encontrar al llegar a su patria; la precaria situación de Joseph Creucer y su buque fondeado en “port del fangal” sin poder informarle del vuelco que había dado su situación y el leve peso que día a día tenía la bolsa del dinero…¡y que, según opinaba Ricardo, no era aconsejable recurrir a las antiguas soluciones…! Ricardo sobreentendió lo que rondaba por la cabeza de Pipino y se ofreció para mandar un recado a Joseph en cuanto encontraran un buen lugar para ocultarse. La luna llena lució en el oscuro horizonte. Reemprendieron la marcha procurando hacer el menor ruido posible. Transcurrido un trecho, Ricardo entregó las riendas a Pipino, bajó del pescante y continuó caminando delante de las mulas. — Por aquí cerca hay un buen escondite en una gruta y no quiero pasar de largo — informó a Pipino. Al poco rato giró a su derecha e hizo señas para que el carromato le siguiera. Habian avanzando diez o doce toesas cuando levantó la mano indicando a Pipino que parara y aguardara allí donde estaba. Pipino estaba cada vez más nervioso ante la ausencia de Ricardo y cuando iba a descender del pescante para investigar, vio que a un centenar de pasos se prendía una fogata a ras del suelo y una figura humana hacia gestos para que avanzara el carromato. La figura humana era Ricardo y el lugar señalado por la pequeña hoguera la entrada de la gruta que les iba a albergar. Pipino hizo avanzar a las mulas hasta un tramo que debido a su fuerte pendiente para alcanzar la boca de la gruta, la fuerza de tracción de las dos mulas no era suficiente. Se recurrió a enganchar a Isabelito delante de las mulas y aun así Ricardo y Pipino tuvieron que ayudar desde las ruedas traseras a vencer el inconveniente y conseguir introducir el carromato en la gruta. — ¡Bueno, Bueno! ¡Nos hemos ganado un buen descanso! exclamó Pipino. — Aún no — respondió Ricardo — Tenemos que cortar follaje para disimular la entrada. Concluida la tarea que se habían impuesto liberaron a los animales de sus arreos, les colgaron el morral para que repusieran fuerzas comiendo cebada y ellos, tras un ligero refrigerio, se dispusieron a descansar.
LA MISIVA (Cap. XIV 2ª Parte)
El caballo Isabelito: Capítulo XIV 2 ª Parte
LA MISIVA El corazón de Isabelito rezuma amor como sabrán los lectores que pretendan
En aquella reducida estancia había una mesa de roble de forma rectagonal la que levantando sus alas laterales se transformaba en una mesa redonda. Fue limpiada escrupulosamente y la abuela dispuso en ella tres escudillas. De uno de sus cajones extrajo tres cucharas de madera y un cuchillo y de otro cajón, una hogaza de pan que depositó junto a las escudillas. Se dirigió luego a un arcón situado en un rincón y hurgando en su interior sacó un trozo blanquísimo de tela de algodón y lo dejó doblado al lado de una palangana de barro situada en una alcancía de la pared, que hacía el oficio de lavamanos. En el suelo, un tina de madera Tomando una jarra de barro cocido, la abuela escandió en la palangana el agua suficiente para que Jaume, su nieto, ofreciera, a Pipino lavarse las manos. Tan pronto lo hizo, Jaume le dio la toalla para que completase su aseo y vació en la tina el agua utilizada, repitiendo de nuevo su relleno para lavarse las suyas. Cumplido el requisito sanitario, se sentaron en torno de la mesa y la abuela procedió a su bendición: — Senyor Deu omnipotent, amb vostra divina paraula, beneiu aquesta taula, i a tots nosaltres també. Amen — amén coreado por el invitado y por Jaume, lo que dio paso al reparto de la “escudella” y de la hogaza, a la que antes de “llescar-la” con el cuchillo que esgrimía marcó la señal de la cruz en su base. Comida sencilla pero nutriente, muy alabada por nuestro príncipe que aceptó una “segunda vuelta”, aunque jamás de los jamases reconociera posteriormente que estaba tan hambriento, por ser eso impropio de su real cuna y educación. La abuelita le ofreció la “bota” de vino; ante su gesto de sorpresa, la señora hizo una demostración de la forma como se utiliza para beber “a galet”. Sin formulismos, Pipino le dio un buen tiento a la bota, y se deshizo en alabanzas de lo bien que le había sabido la comida y el trago final. Expresó su gratitud a la anfitriona por el buen trato recibido, afirmando que lo recordaría siempre. No le preocupó demasiado si era o no entendido por aquellas buenas y sencillas gentes, porque cuando dio a la viejecita cinco doblas de oro, vio como sus ojos se humedecían y le tomó la mano besándola reiteradamente e indicando a su nieto Jaume que la imitara. Pipino visiblemente emocionado besó su frente. Jaume salió en busca de Isabelito a la “cort” (cuadra). La viejecita le estaba recomendando algo sobre el “camí de vora mar” y “bandolers”, lo que le hizo caer en que no recordaba donde diablos había dejado la ballesta y sus municiones; apareció Jaume llevando a Isabelito de la brida con la mano derecha y sujetando con la izquierda el envoltorio de la ballesta que arrastraba por el suelo. La abuela indicó a su nieto que le repitiera a Pipino su recomendación: — Que dise mi ávia que no coja el camí del mar que hay bandidos, que coja otro por dentro más largo y seguro. Pipino extrajo del fardo que contenía la ballesta, el mapa dibujado por Creucer, su futuro socio y vio que, efectivamente, el camino se bifurcaba a unas toesas de donde se encontraban. Inspeccionó el estado de su arma y se colocó la bolsa en su espalda sujeta por dos tirantes de cuero. Se despidió de la abuelita y de su nieto (al que disimuladamente le dio una dobla), cabalgó a Isabelito y… camino adelante. —Ya has oído, el camino de la izquierda. — Sí jefe. — Buena gente, ¿verdad? — Sí jefe. — Comida sencilla, pero gustosa y el pan hecho en casa, fenomenal. — ¿Cómo sabes que está hecho en casa. Jefe? — Porque había una artesa en la cocina. Isabelito, con este diálogo no vamos a ninguna parte. — ¡Buen observador, Jefe! ¡Ah! Y creo que vamos a Salauri. — Pues acelera que tenemos que llegar antes de la puesta del sol. — Excelso Príncipe. Tienes que hacer algo para esa abuela y su nieto. Me ha contado su historia y yo le prometí que tú les ayudarías. — ¿¿ Qué has hablado con él!!! — ¡Pues claro! Y no se ha asustado. ¡Ni se inmutó! El camino bordeaba un altozano. Pipino hizo parar a Isabelito. Descabalgó y tomándolo de las riendas lo condujo al abrigo de unas altas zarzas que lo ocultaban. —Me esperas aquí vigilando; si ves algo sospechoso relinchas, no muy fuerte pero si espaciando los relinchos. Voy arriba a otear el camino. Pipino ascendió por la ladera del altozano y trepó a un árbol lo suficientemente alto para poder otear el camino que debía seguir. El bosque en el que se hallaba concluía a unas cuantas toesas de donde se hallaba, sucediendo a continuación espacios abiertos y al fondo de lo que podía alcanzar su vista unas construcciones. Por la posición del sol calculó que debían ser las 3 de la tarde. Mientras montó a Isabelito, le fue dando cuenta de que el camino parecía despejado y que convenía llegar cuanto antes para localizar a Ricardo, el chamarilero o a su socio de Salauri. — Llegar corre de mi cuenta — le dijo Isabelito — localizarlos es cosa de vuecencia. — Algo querrás de mí cuando me tratas con tanta cortesía — apuntó Pipino dándole un amistoso golpe en el cuello — Que ayudes a Jaume y a su abuela. — Dicho lo cual, pasó al trote ligero. Serian las 6 de la tarde cuando alcanzaron las edificaciones que Pipino había divisado desde el altozano: corrales de ganado, parideras de ovejas, pajares, eras para trillar, un edificio que lucia en el dintel de la puerta “LO HOSPITALET”. Tras tomar una curva, otra edificación en cuya portalada se exhibía una rama de pino. Como la gran puerta de dos hojas estaba abierta, se podía apreciar que el edificio estaba formado con un gran patio cuadrangular enlosado, en el centro un pozo y un abrevadero, al fondo, y paralelo con la entrada, un cuerpo de planta y piso, y un lateral techado para ser usado como cuadra. Varios carros aparcados, caballos, mulos y borricos en la cuadra y en el patio amarrados por las bridas a las argollas que proliferaban en las cuatro paredes interiores. Dejó a Isabelito amarrado a una de las argollas, recomendándole que viera lo que viera y oyera lo que oyera, que no se le ocurriera hablar. — ¿Ni aunque estés en peligro de muerte? — Bueno, si estoy en peligro, chillas, pataleas y gritas ¡¡socorro!! y le colgó el morral para que repusiera fuerzas comiendo avena. Pipino entró en el “hostal” y preguntó por el dueño.
Continuará
LA MISIVA (Cap. XIV Parte 1ª)
El caballo Isabelito: Capítulo XIV Parte 1ª
LA MISIVA
Donde quien leyere con atención podrá enterarse de los planes de expansión económica y logística de Pipino.
Pipino tomó la misiva que le entrego Bossam y pidió permiso para leerla. — Es de maese Joseph Creucer, patrón y propietario del trirreme “Verge del bon viatge”— y dirigiéndose a Ib Abenibe — que vuecencia debe recordar. Me informa haber reparado el casco de su nave y otras averías resultantes de su persecución por el bajel pirata. Está procediendo a la carga a transportar para partir a Salauri dentro de unos quince días. Tengo un compromiso mercantil con maese Creucer— siguió Pipino— y dado que las comprobaciones, ensayos y estudios que se precisan hacer para comprobar los efectos del Lupus Oasibus, durarán forzosamente algunos meses, solicito a sus vuecencias licencia para ausentarme y atenderlos. Estoy tan interesado como el que más, por ello me comprometo a regresar en el término de mes y medio o dos meses. Y con el permiso de vuecencias, me ausento para que libremente puedan discutir mi propuesta — Y levantándose de su cojín se ausentó del salón, permaneciendo en una salita adyacente en espera del resultado de la consulta. Transcurridos unos quince minutos, Bossam le avisó que se reincorporara a la reunión. Amehed Tsabu, como moderador que había sido nombrado, habló de esta guisa: — Excelentísimo Príncipe Pipino: los reunidos consideran su propuesta muy razonable, pues, efectivamente, debe construirse el serpentín, hacer los ensayos y esperar resultados lo que pueden demorarse no se sabe cuanto. Han considerado que quienes permanecerán como invitados del Excelentísimo Mohamed Ib Abenibe, sean Dom Teodoro, Dom Acisclo, Docto Demetrio y Docto Arsenio, ya que su presencia y también la mía, es solamente testimonial. — Muchas gracias, excelencias.— repuso Pipino — También deseo informarles que entre mis proyectos está el ensayar un sistema para transmitir breves informaciones, utilizando palomas de una raza especial que siempre vuelven al palomar donde nacieron y que a mi regreso espero intentar ensayarlo para su posterior puesta en práctica. Considero indispensable, señores, que entre nosotros haya unos medios más rápidos que el trirreme y la caravana para enviar una misiva. Al día siguiente, la caravana del mercader Tsabu, incrementada por la presencia de Pipino e Isabelito, emprendieron su regreso a Alejandría. Aprovechando la estabilidad metereológica vigente en aquellas jornadas, alargaron el horario dedicado a la marcha, reduciendo en un día el recorrido de regreso. El mercader Amehed Tsabú no permitió que Pipino y Isabelito buscaran alojamiento, insistiendo en que aceptaran permanecer en su casa hasta el día de su marcha. Tras unas horas de descanso y dejando a Isabelito al cuidado de un criado, Pipino y Tsabú se dirigieron al puerto. En principio les costó identificar al trirreme pues los trabajos de reparación emprendidos sirvieron para introducir unas notables mejoras con el fin de dar a la nave mayor velocidad y maniobrabilidad, suprimiendo dos hileras de puestos de remeros e incorporando un segundo palo cercano a la popa y en la proa un bauprés. La cubierta, anulados dos de las tres hileras de puestos para los remadores, se había subido cerca de un metro lo que daba a la nave mayor capacidad para mercaderías; se habían instalado aparejos para gobernar con mayor facilidad el velamen; en lo alto de palo mayor, dispuesto un alojamiento para el vigía; en popa una casamata donde se alojó la rueda de gobierno del timón y otros aparatos (astrolabio, nocturlabio y mapas), y un desconocido, para Pipino, chisme que el nostramo Creucer con cara y gestos de satisfacción, denominó “brújula”. Tsabu, por cortesía y Pipino, por ser el más afectado como usuario, felicitaron efusivamente a Josep, quien completó su información diciendo que mientras esperaba el regreso de Pipino, había entrenado a su tripulación y ya todo estaba preparado para partir cuando subiese la marea. Fijaron la fecha y hora aproximada de partida dando a Pipino un margen de tiempo suficiente para reunir sus vituallas y preparar la mayor cantidad posible de munición para su ballesta, previniendo la posibilidad de un ataque por bajeles piratas. Al amanecer del tercer día el bajel “Verge del Bon Viatje”, con Pipino el Príncipe Encantador y su caballo Isabelito a bordo, fue sacado a remo de su lugar de atraque y una vez fuera del puerto un suave viento de levante hinchó sus velas y sin necesidad de ayuda de remeros, empezó majestuosamente el recorrido a su destino: Salauri. Cuatro días duró la travesía hasta tener a la vista la embocadura del puerto de Salauri excepcionalmente repleto de naves de todo tipo. Suponiendo que eran los preparativos para la conquista de Mallorca y ante el temor de que le fuese confiscada la nave, viró hacia el sur hasta encontrar una cala que le permitiera anclar la nave, en espera de que la flota reunida en Salauri se hiciera a la mar. Como Creucer conocía muy bien todo el litoral, no le costó hallar el lugar adecuado en el llamado “port del fangar”, donde anclaron el buque al abrigo de posibles tempestades y confiscaciones. El nostramo facilitó a Pipino un esquemático mapa para que pudiese alcanzar su destino y localizar en Saluri al chamarilero Ricardo o a uno de sus enlaces, que como queda narrado en el capítulo séptimo, era utilizado como su correo personal con el Príncipe Igor. La presencia de Igor era crucial para organizar la Empresa Tripartita (Creuer, Igor y Pipino y no otros que tal vez esperaban los lectores) que, a no dudar, les haría famosos y ricos. Con este espíritu triunfal, desembarcaron a Isabelito e iniciaron ambos su andadura hacia el norte, en busca, en primer y preferente lugar de una venta o figón donde adquirir forraje para su caballo y comerse él un par de huevos fritos con una hogaza de pan, comida no demasiado regia pero sí alimentosa. No tardaron mucho en ver a lo lejos una columna de humo presagio de la existencia de una casa…he dicho de una casa, pues no, no llegaba a ser una casa: era una cabaña grandecita con techo de paja y un ventanuco en su frontis. Un poco más alejado se distinguía un espacio circular con un montón de gavillas de mies a un lado y en el centro de la misma un chiquillo de unos diez años haciendo trotar a un burro en círculos sobre un aparente lecho de mies. Pipino se quedó absorto ante aquel cuadro, para él desconocido. Isabelito tuvo que informar a su amo que a tal espacio, circular o no, se le llama era, y que el chiquillo no estaba domesticando ni torturando al burro; se limitaba a trillar arroz pues tal era el contenido de las gavillas amontonadas. Pipino descabalgó de Isabelito y se asomó por la puerta de la chavola. En su interior una sala de regular tamaño, un hogar de suelo en el que ardían unas resecas carrascas, y en sus rescoldos un puchero de barro que una viejecita sentada en un bajo taburete, removía con un cucharón de palo. — ¡Buenos días! — saludó Pipino. La viejecita no se inmutó. Aumentado el volumen de su voz, repitió — ¡¡Buenos días!! — Y como seguía sin inmutarse decidió rozar suavemente su hombro. La viejecita dio un respingo y se levantó. — ¡I ara que voldrà aquest home! ¡Quin ensurt que m’ha donat! Isabelito, desde el exterior le dijo a su amo — La señora te habla en catalán. Te ha dicho que es lo que tú quieres y que la has asustado. Dile: ”perdó pel l’ensurt, senyora. Només volia saber si em podia donar quelcom per menjar jo i farratge pel meu cavall” y le enseñas algún ducado. Pipino alzando el tono de su voz, repitió palabra por palabra el mensaje de Isabelito. Le salió como si hablara mascando chiclet, pero como el chiclet aún no se había inventado, la senyora se dio como entendida y contestó: — Això del tupi és escudella barrejada, cigrons, mongetes i naps bullits amb una llesca de porc, si li agrada. És el que tenim per l’àpat nostre. Pel cavall ara vindrà el noiet i el pot du a la quadra i menjar junt el nostre ruc. Isabelito volvió a ejercer de traductor: — Dice que lo del puchero es escudella barrejada (es una especie de “olla podrida”) compuesta por garbazos, judias y nabos, hervidos con un trozo de tocino, si es que te gusta y que para mí, cuando venga el muchacho me conducirá a la cuadra donde podré comer con el burro de ellos. Mucha ilusión no me hace, la verdad, pero tengo un hambre de mil diablos, te sugiero que contestes que lo aceptas, diciendo: “Amb tota gratitud, ho accepto, estimada senyora” Pipino soltó el rollete, soplado por Isabelito y se quedó tan pancho haciendo oídos sordos a las increpaciones de su caballo. En esas llegó el muchacho; su abuela habló con él poniéndole al corriente del caso. Saludó amablemente a Pipino, salió tomó por la brida a Isabelito y lo condujo a la cuadra donde le preparó su comida de forraje y soja, el mismo yantar que se estaba zampando el burro.
Continuarà. PRIMERA SESIÓN DE LA COMISIÒN (Cap. XIII 2ª Parte)El caballo Isabelito: Capítulo XIII 2ª Parte PRIMERA SESIÓN DE LA COMISIÓN DE SABIOS
Al concluir la comida y antes de iniciar la segunda parte de la conferencia, Ib Amenibe sugirió visitar el jardín de su heredad. Para ello, Bossom, el criado, repartió parasoles a los visitantes quienes tras hacer un recorrido por el prado y jardines adyacentes fueron conducidos al rincón vallado y protegido en el que perduraba el “lupus oasibus” reservado para futuros estudios y análisis. — Caballeros — dijo Ib a sus acompañantes— He aquí la hierba forrajera crecida aquí espontáneamente y que yo bauticé como Lupus Oasibus. Hasta hace aproximadamente un año, esta hierba cubría todo el prado. En él han apacentado centenares de camellos, dromedarios, caballos y asnos sin que aparentemente ocurrieran fenómenos extraordinarios. Si bien que, en honor a la verdad, se había advertido que tranquilizaba a los animales, lo que facilitaba su doma. En los camellos y dromedarios sus conductores notaron que se les agudizaba el olfato para encontrar pozos de agua potable en el desierto. El docto Arsenio y dom Acisclo, especialistas en árboles, plantas y derivados, arrancaron unas briznas y las examinaron con suma atención. Dom Acisclo sacó de su faltriquera un desconocido aparato que llamó “lupa” y a su través la examinó de nuevo. Ante la admiración del docto Arsenio, Dom Acisclo le prestó la lupa indicándole que la apreciaría mejor así pues el aparato tenía diez “aumentos”. Ambos declararon que dicha planta no había sido nunca clasificada y desconocían su existencia. El docto Arsenio preguntó a Dom Acisclo de donde había sacado ese artefacto que permitía ver cosas pequeñas casi invisibles — En el bazar de Bagdad, en la mesa de un joyero. — respondió — Es un costoso objeto pero muy útil para el investigador. — ¿Y dice su excelencia Ib Amenibe, que hizo destilados de esta hierba? ¿Conserva vuecencia los registros? — preguntó el docto Demetrio — A sus dos preguntas — le dijo Ib Amenibe— debo decir que sí. A nuestro regreso al salón encontremos allí ambas cosas. Ahora visitaremos el obrador y los establos. Por favor Príncipe Pipino, ¿sería tan amable su señoría de adelantarse a los establos para que Isabelito esté calmado cuando lleguemos? — Con sumo gusto, señoría — respondió Pipino. Y acompañado de Osama, el cuidador del establo se alejó en dirección al mismo. La primera puerta que franquearon era el almacén: cabezales, riendas, sillas de montar, etc. cada juego en alojamientos adecuados señalados con el nombre del caballo o yegua a que pertenecían; unos cuantos contenedores de paja seca y dos horcas tridentes de madera. A continuación un largo pasillo dividido en compartimientos con paredes de tablas para alojar un ejemplar en cada uno. En cada puerta un letrero con el nombre del alojado. — ¡Hola! Isabelito ¿cómo estás? — Isabelito giró su cabeza en dirección de donde partió el saludo y respondió: — Bien alimentado pero muy aburrido, jefe. He oído decir que estáis de conciliábulo y también he oído que “reunión de pastores, oveja muerta”. — No debe preocuparte este conciliábulo, pues va en beneficio tuyo, mío y de Ib nuestro amigo ¿Cómo está tu mamá? — Está en el cubículo del fondo. Creo que a punto de parir otro potrillo. — ¿Otro problema para nuestro amigo Ib? — No lo creo, jefe. Mamá perdió la facultad de hablar y no creo que se pueda transmitir lo que no se tiene. — Vendrá a visitarte la comisión de sabios. En ella hay dos monjes ortodoxos y hay que tener cuidado con lo que se dice y como se dice. Supongo que te harán preguntas, Si ves que me toco la oreja, no contestes. Ahora te voy a ensillar para hacerles una demostración de tus habilidades ¿Recuerdas las exhibiciones que hiciste cuando nos acompañaba Ricardo? Vamos a repetirlas. Isabelito lo confirmó moviendo su cabeza y se disponía a ser arreado por las torpes manos del Príncipe Pipino poco acostumbradas a estos menesteres impropios de la realeza, cuando advirtió la presencia del sorprendido Osama. —Sugiero estimado jefe que dejes esta labor tan impropia de su alteza, en manos de nuestro cuidador y amigo. ¿Hace falta decir que la sorpresa del criado Osama fue mayúscula? Pues lo decimos: La sorpresa de Osama fue mayúscula. ¿Hace falta decir que fue una magnífica exhibición? Pues lo decimos: ¡¡Fue una magnífica exhibición!! ¿Hace falta decir que maravilló a la Comisión de Sabios incluyendo al propio Pipino y a los criados Bossam y Osama? Pues no, no lo decimos para que las lectoras y lectores pongan algo de su parte ¡Caramba! Lo que si vamos a decir y decimos que cuando Osama llevaba a Isabelito al establo, tras un prolongado relincho, Isabelito gritó: ¡¡¡ Larga vida a Ib Hamenibe, mi preceptor y al Príncipe Pipino, mi dueño!!! Las crónicas no dicen nada a este respecto, mas es lógico pensar que estallara una cerrada ovación, se soltaran lagrimitas y posiblemente hubo algún que otro desmayo. La Comisión de Sabios regresó al salón para reanudar la conferencia, pero antes de empezar y para resarcirse de las emociones vividas, se sirvió un té aromatizado a la menta. Pipino alegó la necesidad de nombrar un moderador de la conferencia y que recayera en la única persona no interesada, directamente o indirectamente, en los casos que se exponían, que no era otra que el mercader Amehed Tsabu. Éste aceptó la nominación que fue refrendada por la total conformidad de los reunidos. El primer tema a tratar fue el reporte de las pruebas efectuadas con el destilado de lupu oasibus: Dom Teodoro, experto en laboratorios, manifestó sus dudas sobre la bondad del alambique utilizado, pues el serpentín estaba hecho con tubo de plomo y era evidente que el plomo tiene un alto grado de venenosidad. Luego debían descartarse las muestras del destilado y todos los reportes. Aprobado este punto se acordó aplazar el análisis hasta disponer de un alambique apropiado. A tal fin, Ib Abenibe mandó a Bossam, con el serpentín como muestra, para que el herrador del poblado le fabricara con toda urgencia un serpentín de cobre. Se pasó a tratar el segundo punto: informar de los estudios sobre el cerebro realizados por el Docto Demetrio, el viejo, ya fallecido. Engolando la voz, posiblemente porque era la primera vez que el docto Demetrio, el joven hablaba en público narró los descubrimientos de su padre, de la extraordinaria importancia del cerebro en el comportamiento humano. — No solo controla los movimientos más usuales, si no que es el alojamiento de las ideas, la memoria y de los sentimientos sea amor, odio, interés por las cosas, la prudencia, et cætera. Sus notas sobre la forma del cerebro rebela un profundo estudio apoyado en criterios de filósofos anteriores a nuestros tiempos y también en observaciones y experiencias efectuadas con animales de las que he traído sus anotaciones. Sabemos que sanadores de la antigüedad, eliminaban parte del cerebro para curar ciertas enfermedades, como el crónico dolor de cabeza. O en las luchas con garrotes y mazas, abrían el cráneo del herido para eliminar astillas de hueso y una vez limpiado cubrían el orificio con una chapa de plata o de oro. En la época faraónica las trepanaciones craneales tenían un cariz religioso: facilitar la salida del alma de la persona agonizante. Él experimentó con perros y gatos efectuando punciones en diferentes lugares del cerebro y pudo comprobar que las punciones en el lado derecho del cráneo afectaban dificultando o anulando los movimientos del lado izquierdo del animal y viceversa. Para no alargar mi intervención: en este rollo están detalladas los experiencias realizadas, pueden sus excelencias consultarlo y tomar las notas que deseen. Mi conclusión, excelencias, es la siguiente: En opinión de muchos colegas míos, hasta que no se alcanza la pubertad, el cerebro como el resto del cuerpo se desarrolla. Si el Lupus Oasibus afecta, como parece, al desarrollo cerebral, lo hará con mayor intensidad en los sujetos en desarrollo que no en los adultos. Lo que explicaría el efecto sobre el potrillo que era Isabelito cuando apacentaba en el prado del oasis que no tuvo reflejo en la yegua Soraya, su madre. No hubo ovación y vuelta al ruedo como se merecía la detallada intervención del docto Demetrio, pues asomó el criado Bossam pidiendo permiso para entregar a Pipino una misiva que se acababa de recibir, e iniciar los preparativos para la cena. LA COMISIÓN DE SABIOS (Cap. XIII Parte 1ª)
El caballo Isabelito: Capítulo XIII Parte 1ª
LA COMISIÓN DE SABIOS ANUNCIA SU LLEGADA
En la lontananza se destacó la figura de un camello y su jinete. Uno de los criados, Bossam, entró en el salón en el que se hallaban reunidos Mohamed Ib Abenibe, Amehed Tsabu y el Príncipe Pipino de Capachota, y le hizo a su amo una silenciosa señal para advertirle de algún suceso importante. Ib Abenibe se excusó: —Perdonen sus vuecencias. Al parecer ha sucedido algo que debo conocer. Enseguida estoy con vuecencias. Salió del salón y el criado le dio a conocer la noticia: —Efendi vuestro enviado a Esmirna ha regresado. Espera vuestra audiencia en el saloncito azul. — Vamos allá. — Que Alá sea contigo, Abel Alim ¿Qué noticias me traes? — Que Alá sea contigo, Efendi. Me he adelantado, señor, para que haya tiempo de ciertos preparativos. Además de los sabios que Demetrio el Joven mencionó en su carta, que, Alá sea loado, espero hayáis recibido, o sea él y su amigo Arsenio, experto botánico, llegan dos monjes ortodoxos de monasterios distintos del monte ATHOS. Según sus normas estos monjes no pueden estar en presencia de mujeres. Por ello. Demetrio y Arsenio os ruegan, Efendi, que hagáis retirar a las mujeres cuando nos aproximemos al oasis. — ¿A que distancia los dejaste, fiel Abel Alim? — A media hora a paso de camello, Efendi. — Ve a buscarlos. Y dirigiéndose al sirviente Bossam — Cuida de preparar cuatro habitaciones y que el baño esté preparado; avisa al jefe de cocina que se esperan cuatro invitados más y advierte a todas las mujeres de la casa que se abstengan de estar en presencia de los monjes. Todos los servicios los harán los sirvientes mientras ellos estén aquí. Y mándame a Yusuf, el guarda. — Se hará según tus deseos, Efendi. Y haciendo una reverencia de acatamiento, salió a cumplir las órdenes del amo. Ib Abenibe se reincorporó a los reunidos en el lujoso salón- estancia principal procediendo a informar al Príncipe Pipino y a Amehed Tsabú, de las nuevas recibidas. — ¿A qué vendrán los monjes? — preguntó Amehed Tsabú. — Me atrevo a aventurar que estará relacionado con las reacciones religiosas en contra del efecto del lupus oasibus en los mamíferos — dijo Pipino, añadiendo —Por lo que yo sé, muchos de estos monjes, además de teólogos, son verdaderos sabios en otras ciencias. — Pronto lo sabremos — concluyó Ib Amenibe.
Mientras esperan su llegada, ¿nos sería útil una breve información sobre la ciudad de Esmirna? Yo creo que sí. Fundada el año 3000 antes de Cristo, por los Lélegues, ha sido sucesivamente conquistada y gobernada por Hititas, Frigios, Eolios, Jonios (época de su mayor apogeo), Seleúcidas, Lidios, Persas… Arrasada en varias ocasiones y reconstruida otras tantas veces. La conquistaron los Tracios que fueron expulsados por los Seleúcidas… Y así que sus habitantes se pasaron siglos y siglos guerreando con sus vecinos, estando sometidos, sufriendo vejaciones, exilios, saqueos y asesinatos masivos. El reconocimiento por el Imperio Romano del cristianismo como religión oficial, dio a Esmirna cierta relevancia entre los cristianos, por ser una de las siete ciudades citadas en el APOCALIPSIS de San Juan. Los hechos, lugares y personajes, todos imaginados en la febril mente del autor de esta narración, se supone suceden en la época que la ciudad de ESMIRNA pertenecía al Imperio Bizantino. Desde 1922, Esmirna es la capital de una floreciente provincia del estado Turco.
—Efendi, se vislumbran cinco viajeros. —Yusuf, ¡rápido! Qué las mujeres, mayores y niñas, se encierren en sus casas. —Ya están advertidas, Efendi. Cuidaré de que se retiren a sus casas. Ib Abenibe, Pipino y Amehed Tsabu, salieron de la mansión para recibir a los prohombres que llegaban al oasis. Descabalgando de sus respectivos camellos, Abel Alim se encargó de la presentación de los recién llegados a su amo: — Efendi Mohamed Ib Abenibe, mi amo. Estos son los caballeros que me mandaste a buscar: el docto señor Demetrio el joven; el docto señor Arsenio; el reverendo Dom Teodoro y el reverendo Dom Acisclo. — Bienvenidos, caballeros a nuestro oasis Bahariya. — dijo Ib, el anfitrión— Considérense en su casa, no sin antes presentarles a mis amigos los caballeros Pipino, príncipe heredero de Capachota y Amehed Tsabu honrado comerciante de Alejandría. Y luego se dirigió a un criado: — Bossam. Acompaña a estos ilustres señores a sus alojamientos por si desean asearse y luego al salón donde tomarán un refrigerio si les place. El llamado Bossam cumplimentó la orden recibida. — De buen agrado, Efendi. — y dirigiéndose a los recién llegados — Hagan el favor de seguirme, señores. Ha de ser aclarado que previamente Ib, a sugerencia de Pipino, había establecido no usar formulismos ni saludos de carácter religioso. Los cuatro personajes fueron apareciendo en el salón donde se había preparado un ligero refrigerio a base de fruta, pastelillos de miel y té aromatizado con menta. Una vez concluido y recogidos los restos del refrigerio, Mohamed Ib Amenibe se dirigió a los presentes en los siguientes términos: — Excelentísimos señores: nos hemos reunido aquí para analizar unos hechos singulares que tuvieron como marco esta heredad que poseo. Todos los presentes estamos involucrados en ellos. A propuesta del Príncipe Pipino, que encuentro acertadísima, he de rogarles que dejemos aparte las creencias religiosas que cada uno profese. De no ser así, se suspendería la reunión. Todos dieron su aprobación a la propuesta. Ib Amenibe continuó: — Cuando envié a Abel Alim en busca del ilustre y docto Demetrio el viejo, le otorgué plenos poderes para que se hiciera cargo de todos los gastos ocasionados, así como del número de personas que le acompañarían a su regreso. El docto señor Demetrio, el joven, aquí presente en la misiva remitida, me informó de la conveniencia de ser acompañado del docto señor Arsenio. Sin que sea reproche, pues les reitero nuestra bienvenida, nos gustaría conocer los motivos de ser acompañado por el reverendo Dom Teodoro y el reverendo Dom Acisclo. — Hemos creído oportuno — respondió Demetrio señalando a Arsenio y a sí mismo—, que dos personajes tan ecuánimes y respetables, como son Dom Teodoro y Dom Acisclo, estén presentes en nuestras investigaciones. Así podrán testificar, si llegase el caso sobre nuestra correcta y científica actuación, y tal vez sugerirnos alguna comprobación especial, pues han traído un aparato llamado LUPA y unas muestras de líquidos corrosivos. —Bien, nos damos por enterados; — dijo Ib — al parecer no hay inconveniente ¿No es eso? — Pipino y Tsabu dieron su conformidad. — Siendo así empiezo a relatar los hechos por orden cronológico. Mis antecesores desde una ya lejana cuarta generación, se dedicaban a la compra-venta de semovientes, más explícitamente, animales de carga, nunca se dedicaron a la cría, ni a la doma. Al heredar yo los bienes de mis padres, en uno de mis viajes conocí a Ibn Sina, llamado Avicena, el filósofo y médico musulmán más famoso de todos los tiempos quien me hizo interesar por la farmacopea. Para poder compartir mi negocio con mis aficiones, compré este oasis, Bahariya, cruce de caminos de caravanas, que en pocos años se ha transformado en un importante centro de negocios. Aquí monté un criadero de caballos y camellos, y de su adiestramiento para las labores que les destine. Continuó narrando la mejora observada en el arisco comportamiento inicial de los caballos comprados a Baja Melajaula, tras estando pastoreando en su prado donde crecía en gran cantidad una desconocida hierba que él llamó “Lupus Oasibus”; el nacimiento de Isabelito y su sorpresa al comprobar que repetía los vocablos que oía. También citó que el camellito Tecomptecaure había estado pastoreando en prado del “lupus oasibus” cerca de un año y añadió cumplidas explicaciones de su fracaso en los ensayos de aplicar un destilado del “lupus oasibus” a voluntarios humanos. Con otros detalles, (incluyendo su reciente decisión de arar y sembrar el prado con alfalfa para evitar que proliferaran estos casos), que han sido prolijamente descritos en los capítulos anteriores. Pasó la palabra al Príncipe Pipino, quien brevemente explicó las reacciones de la gente cuando oían hablar a Isabelito y sus temores de que él y su caballo acabaran en una hoguera de “purificación”. Cuando el docto Demetrio, el joven, inició su parlamento citado las investigaciones de su padre, entró en el salón Bossam anunciado que se iba a servir la comida. Y con la avenencia de los reunidos, procedió a distribuir el servicio de comedor y el yantar.
NUEVOS COMPAÑEROS DE AVENTURA (Cap. XII)
El caballo Isabelito: Capítulo XII NUEVOS COMPAÑEROS DE AVENTURA
Descargados los camellos y puestas a buen recaudo las mercancías de Amehed Tsabu, esos, en unión de Isabelito fueron conducidos al abrevadero del oasis Bahariya, abrevadero alimentado por un caudal de agua fresca y clara generado por una noria movida por un burrito de corta alzada, que la extraía de un pozo, de cuyo caudal también se beneficiaba la escasa población humana que había fijado su residencia en aquel lugar.
Saciada la sed se les dejó que pastaran en un prado adyacente, el que Id Amenibe cuidó de hacerlo limpiar del “lupus oasibus” y substituirlo por un sembrado de “medicago sativa”, conocida vulgarmente como alfalfa, para erradicar las sorpresas vividas, muy científicas pero preocupantes, que estaba sufriendo. De la hierba “medicago sativa” no se conocían efectos particularmente dañosos si se administraba con algún cereal, cebada, ordio, etc.
No obstante y al efecto de que mentes científicas a las que cursó petición de ayuda pudiesen estudiarlo, reservó un pequeño sector de lupus oasibus vallado convenientemente para evitar que los semovientes pudieran ingerirlo.
A la situación actual, de por sí bastante complicada, se sumó el hecho que durante la tarea que se había impuesto Ib Amenibe en educar a Isabelito en el conocimiento de varios idiomas para su posterior exhibición circense, ocurrió el alumbramiento de la camella Camila.
Esto es lo que acostumbra a suceder cuando en la época de celo se encuentran dos semovientes de la misma especie, distinto sexo y sin control reproductivo, sin el menor recato ¡hala, hala!… a incrementar el censo. Cumplido el tiempo de gestación, la hembra busca un lugar adecuado y sin requerir comadrona trae a este complicado mundo el hijo engendrado, en nuestro caso un bebé camello. Expulsado del útero materno, la criatura intenta levantarse con mucha torpeza y dando traspiés buscando con afán la ubre de su madre.
Ib Amenibe que estaba contemplando los esfuerzos del camellito para mantenerse en pie, pronunció una frase de ánimo y alerta: “Te compte caure”, dijo, que en catalán y traducción libre significa “Ten cuidado no te caigas”.
Isabelito, que bajo la tutela de Ib, hacía prácticas de catalán, comentó que sería un bonito nombre para el camellito con una sencilla modificación, hacer de la oración una palabra: Tecomptecaure, Y así se inscribió en el registro de Ib Amenibe.
Eran días felices y prometedores. Un nigromante que le hizo la carta astral, le vaticinó que eran días favorables para emprender cualquier negocio pero…había una nubecita, nada especial, tal vez un pequeño contratiempo. ¡Con qué pequeño contratiempo, eh! ¿A ser acusado de tratos con el diablo, amenazado y perseguido por el Inquisidor y reprendido por el Gran Mufti, se le llama pequeño contratiempo? Qué venga Alá, el Misericordioso, y lo vea.
Pero no terminaron sus infortunios con llegar sano y salvo a Bahariya después de librarse de Isabelito vendiéndolo a Pipino, el llamado Príncipe Encantador. ¡Qué va! Un perrillo de lanas, color blanco, jovencito y juguetón, salió a recibirle con amistosos saltos. — ¿De donde salió este perro? — preguntó a un servidor. — Es un regalo que le hizo un zíngaro a tus hijos, Efendi — respondió el criado y añadió: La semana pasada llegó una troupe de titiriteros de paso para Europa, ya sabes Efendi: saltimbanquis, comedores de fuego, traga sables, faquires… y “los perritos sabios”… Habían llegado varias caravanas y aprovecharon la numerosa e insólita población del oasis para improvisar una función, a la que asistieran la esposa y los hijos de vuecencia y todos los que quisieron. Las actuaciones agradaron mucho a los espectadores. Finalizado el espectáculo el zíngaro jefe de la troupe, se dirigió al público anunciando que pasaría a recoger lo que en buena voluntad quisieran darles. Siguiendo al zíngaro que recaudaba la voluntad de los presentes, iba este perrito dando saltos y volteretas o tratándose de morderse la cola, lo que agradó mucho al público. Al pasar frente a la familia de vuecencia, el zíngaro les hizo una cumplida reverencia y les ofreció como regalo perrito llamado TRESKY en gratitud de permitir la actuación de sus artistas y haber recaudado los dinares suficientes para llegar a Europa. El perrito es muy simpático y cariñoso. Y sus hijos, Efendi, juegan mucho que él. Vea vuecencia lo que sabe hacer — Mostró al perrito tres dedos de su mano derecha, el perrito dio tres ladridos; le mostró un dedo, un ladrido; ambas manos apretadas: cuatro ladridos. — ¡Sabe sumar! Los hijos de vuecencia juegan mucho con Treski . — No me gusta tu nombre, Treski — dijo Ib; el perro se colocó frente él y dejó de menear su cola— A partir de hoy te llamarás “MALAJE” que en el idioma de tu dueño anterior es “gafe”, el que trae mala suerte. Como si aprobara el cambio de su nombre, Malaje, empezó dar saltos alrededor de Ib meneando la cola de contento.
El sirviente quedó un poco pasmado por el pesimismo que se deducía de las palabras de Ib Amenibe. Se inclinó reverente y se retiró silenciosamente sin dar la espalda a su señor.
Pero no podía presumir el taciturno y pesimista Mohamed Ib Amenibe, el importante rol que el destino acababa a otorgar a estos dos nuevos personajes. Recordemos sus nombres: TECOMPTECAURE y MALAJE.
Continuará. Mañana será otro día, amanecerá y D.M. medraremos. P.M.V |
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