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CAMINO VUELTA A CASA CapItulo 20Capítulo XX CAMINO DE VUELTA A CASA ¿Conseguirían burlar la vigilancia de las Fuerzas Militares de Capachota?
Llevaban ya varias noches de marcha a la luz de la luna. Selene, como la llamaba Ricardo, cada vez salida más tarde, pues había entrado en su cuarto menguante. Como tomaban las máximas precauciones, procurando hacer el menor ruido posible, noche tras noche los tramos recorridos eran más cortos. A la menor señal de alarma, se detenían y realizaban una exploración para cerciorarse que no habían sido descubiertos. El fino olfato de Isabelito, fue una vez más, de gran utilidad. Según Ricardo, tras el montículo que ya se apercibía en la lontananza se hallaba “La hospedería del Camino” sita en territorio de Capachota. Habían convenido que con las primeras luces del alba buscarían un lugar en lo más frondoso del bosque donde Pipino y Joseph pudiesen permanecer ocultos mientras Ricardo adquiriría información para preparar el plan de actuación: — A nadie extrañará verme por aquí con mi carromato, pues aunque soy ciudadano tomerlandés, comercio en todos estos reinos y llevo conmigo las autorizaciones pertinentes. Detuvieron su marcha, con idea de apartarse del camino seguido y tomar una senda que iba a conducirles al bosque que tenían a su izquierda, donde esperaban hallar el refugio previo antes de traspasar la línea fronteriza, y entrar en tierras del reino de Capachota. Joseph, que iba guardando la retaguardia observó un destello luminoso que siguiendo una parábola fue a caer una toesa delante de ellos — Alguien está lanzando flechas incendiarias sobre nosotros. ¡Mirar ahí delante! Ha prendido en un matorral. Ricardo, saltó del pescante de su carromato armado de una pala y corrió a sofocar el conato de fuego. Pipino se armó de su ballesta y volviendo grupas pidió a Isabelito que tratara de descubrir la posición del arquero. Joseph se armó con su lanceta dispuesto a intervenir. — Antes de lanzarte a la caza — dijo Isabelito a su dueño — debieras calzarme tu invento, los zapatones de camello. Atenuarás el sonido de las herraduras. — Es cierto, Isabelito — Y echando mano a su bolsón de viaje Pipino extrajo los zapatones ideados para andar por el desierto basados en adoptar la forma de los pies de los camellos, que tanto éxito tuvieron en sus andanzas de ida y vuelta al oasis de Bahariya. Calzó a Isabelito y se colocó los suyos. Pipino indicó a Isabelito que actuara según su criterio. Al rato de olisquear desde puntos distintos, susurró: ¡Allí es! Mientras, Ricardo, había sofocado la pequeña hoguera y apartó el carromato situándolo donde estimó que estaría más seguro. Pipino se apeó, tomó la ballesta, la cargó y agachándose fue avanzando lentamente en la dirección indicada por Isabelito. Oyó unos chasquidos producidos por el entrechocar de pedernales. Separó cuidadosamente unos arbustos y vio a un sujeto armado de arco y con una provisión de flechas incendiarias que agachado, pretendía reavivar una hoguera, sin duda para continuar con su agresivo lanzamiento. Pipino se incorporó y sin dejar de apuntarle con su ballesta, se dirigió al desconocido: — ¡Estás rodeado! ¡No te muevas, ríndete y no te pasará nada! El desconocido interrumpiendo su tarea, lo miró desconcertado y en un increíble y atlético salto se puso en pie enarbolando un largo cuchillo de monte que pendía de su cintura, al tiempo que gritaba: — ¡¡¡Tu cabeza tiene precio!!! Pipino dio un paso atrás para esquivar el ataque, tropezó con un pedrusco, se le disparó la ballesta y el desconocido se desplomó herido en el hombro derecho, quedando tumbado en el suelo, sin sentido y desangrándose. Isabelito no había presenciado el ataque pero sí oído el grito del agresor, acudió presto en ayuda de su amo. Pipino intentó justificarse: — No pretendía matarlo, créeme. Ves en busca de Roberto y que traiga algo con que evitar que se desangre — Pero, Jefe ¿ha que viene ese remordimiento? Has hecho lo que debías. Antes que nada, aparta sus armas lejos de su alcance. Minutos más tarde acudieron al lugar de los hechos Joseph y Ricardo. En el almacén rodante que era su carromato, no podía faltar lo que él llamaba la “farmacia de la abuela” y unas notas de cómo usar las diversas plantas medicinales que la componían. Limpió cuidadosamente las heridas de entrada y salida causadas por la flecha, aplicando luego unas hierbas hemostáticas, vendando e inmovilizando el brazo derecho del desconocido. Improvisaron unas parihuelas para transportar al herido a lomos de Rosalía, y le vendaron los ojos y le colocaron una mordaza para dificultar su posible localización. Tomadas esas medidas provisionales, pues los últimos acontecimientos habían trastocados sus planes, procedieron a borrar cualquier rastro de su permanencia de dicho lugar y se dirigieron por la senda forestal en busca de un lugar donde acampar y que les ofreciera la mayor seguridad posible. Eligieron un altozano, a cuyo pie discurría un riachuelo de límpidas aguas. Mientras ellos ardían en deseos de interrogarle, el herido seguía inconsciente. Se plantearon que hacer con él en el supuesto que la cura de urgencia salvase su vida. Joseph propuso dejarlo en algún lugar de las proximidades para que fuese atendido. --Su propuesta, maese Joseph, es muy generosa, mas considere vuecencia que dejamos tras de nosotros una pista muy fácil de seguir. A mi lo que me intriga — prosiguió Roberto— quien puso precio a la cabeza de Pipino y si este ataque es una acción aislada o fruto de una conspiración. — Propongo realizar una exploración previa y en caso de no haber peligro inminente nos encaminemos directamente al campamento cosaco — dijo Pipino. --- ¿Y, que hacemos con el herido? — insistió Joseph. —Una vez podamos interrogarle, lo llevamos en el carromato o lo abandonaremos a su suerte. Pero insisto en acercarme a la Hospedería del Camino. Soy el único que no despertará sospechas. Solamente necesito una hora. Pipino intervino para decir a Ricardo — Te concedemos dos horas. Si no regresas en ese plazo dirígete al bosque controlado por las huestes del Príncipe Igor. Sin más preámbulos, azuzó a su pareja de mulas y el carromato se dirigió a la Hospedería del Camino. El trote de sus mulas y las desigualdades del camino, anunció con anticipación su llegada. Serapio, el dueño, había salido a recibir al recién llegado. — Caramba! ¡Si es el perillán de Roberto! ¡Tiempo ha que no te veíamos! — He estado evitando que el rey Jaume me enrolara en sus huestes. No se puede dar un paso por Salauri. La reconquista de Mallorca es el tema del día. ¿Y que hay por aquí? — Habladurías y deudas. Todo el mundo preocupado por saber por donde anda el Príncipe Pipino. — En Salauri me dijeron que estaba en Tierra Santa. — Más le valdría estar aquí. Si algún día quiere reinar. — Oye, ¿y ese sentado en el rincón? Su cara me es familiar. — Llegó esta mañana. Pidió comer, me pagó y está a punto de marcharse. Ayer llegaron dos, un caballero templario y su escudero. Me hicieron mil preguntas sobre la salud de nuestro rey, sobre el Príncipe…ya sabes… — Y en un susurro le dijo — Es que ya no te puedes fiar de nadie… Y levantando la voz. — Oye, si llevas alguna caldera grande, haremos negocio. — Si la tengo y te la ofrezco a buen precio. Me pagas con un par de pollos, un jamón, un conejo y algunos quesos. Y además te ofrezco la posibilidad de hacer un buen negocio que en su día te explicaré. — ¿A cambio de qué? — De discreción y lealtad. — Cuenta con ellas. — Cuando Roberto regresó con la caldera de cobre, advirtió que el silencioso testigo sentado en un rincón del figón, había desaparecido. Repentinamente le vino a la memoria donde, como y cuando se había encontrado con dicha persona: Estaba seguro de que se trataba de Pitoff, un hombre de confianza del Príncipe Igor, por otro nombre conocido como “El Leñador”. Tomó las vituallas solicitadas como pago de la caldera, las cargó en el carromato y regreso sin ningún incidente al lugar de acampada. No pudo comprobar si era o no seguido, pero tenía la certeza que Pitoff no le perdía de vista y que de una u otra forma, la noticia pronto llegaría a conocimiento de Igor.
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