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¡CUIDADO! ¡CAMINO PELIGROSO! Cap. 20 (2ª parte)Capítulo XX (2ª parte) ¡CUIDADO! ¡CAMINO PELIGROSO! Del interrogatorio al herido, los temores y precauciones que tuvieron que tomar los viajeros, como sabrán quienes se molesten el leer este capítulo.
La llegada de Ricardo coincidió con la de Pipino y de Isabelito regresando a su vez, de su ronda en torno al lugar elegido para acampar, llevando de la rienda un robusto pollino que habían hallado sujeto a un arbusto. — Ved lo que hemos encontrado — informó Pipino y señalando el anca izquierda del animal, añadió — lleva la marca de las fuerzas militares. La primera pregunta de ambos dirigieron a Joseph fue interesarse por la evolución del herido que habían dejado a su custodia. — Ha recuperado el sentido y le he quitado la venda de los ojos. Se le ve abatido. Quizás consigamos que hable. — Con el hallazgo del pollino ya sabemos algo más — opinó Pipino. — Cada cosa a su tiempo. Preparemos la comida y luego veremos si se le ha cortado la hemorragia y como reacciona — opinó Ricardo. En primer lugar hicieron un inventario de los comestibles obtenidos con el trueque del caldero, comprobando que el posadero Serapio había completado lo que Ricardo le solicitó, añadiendo saquitos conteniendo varios almudes de garbanzos y de lentejas, tres hogazas de pan y una penca de bacalao salado, sin olvidar un saco de avena para los semovientes. — Como le he ofrecido la posibilidad de que participe en un futuro negocio, ya veis el anticipo — comentó jocosamente Ricardo —. Y dirigiéndose a Joseph Creucer apostilló — Podremos contar con él para la colocación de la carga del “Verge del Bon Viatje”, si vuecencia decide hacerlo tal como en su día hablamos. Con cuatro piedras improvisaron un fogón; limpiaron y descuartizaron uno de los pollos y pusieron a cocer una “olla podrida”, aprovechando la circunstancia para ahumar al otro pollo y al conejo. Ricardo exhibió sus dotes culinarias (o los problemas a solucionar les había despertado el hambre), así que los comensales, incluyendo el herido con sus limitaciones, dieron buena cuenta de lo guisado. Decidieron demorar el interrogatorio del herido hasta el día siguiente. El hallazgo del pollino les permitía trasladarlo sujetando la parihuela a sus lomos, liberando a la yegua Rosalía de tal obligación, dando mayor margen a su recuperación y a la acción curativa de los emplastos que le habían aplicado en las heridas. Borraron las huellas de su corta estancia y continuaron rumbo sur por el terreno boscoso que previamente era explorado por dos expertos en la materia: Joseph e Isabelito. Anochecía cuando avistaron las ruinas de una ermita situada en un altozano. Allí se dirigieron y tomaron posesión de ella, quedando así al resguardo de miradas indiscretas. La noche, nítida y estrellada, permitió a un experto navegante como era maese Creucer calcular con cierta aproximación las coordenadas del lugar donde pernoctaban y decidir la dirección que adoptarían al siguiente día. Al amanecer, Ricardo descubrió la existencia de un pozo protegido por un zarzal. Ello les permitió disponer de agua para el aseo personal y que Ricardo pudiese comprobar la efectividad de sus empastes curativos. Las heridas habían dejado de sangrar aun cuando requerían continuar con el tratamiento quien sabe por cuanto tiempo. El aspecto físico y emocional del herido seguía siendo malo. Decaído y poco interesado en lo que ocurría a su alrededor. No obstante, decidieron interrogarle. Les interesaba descifrar el motivo de la agresión y quien o quienes la habían organizado. Una vez renovadas las cataplasmas, le ofrecieron una escudilla de sopa caliente que, al igual del día anterior, le obligaron a ingerir. Joseph le ofreció un trago de hidromiel, su bebida favorita, mientras le decía: — Toma, te sentará bien. Y podrás contarnos lo que queremos saber de ti, por ejemplo ¿cómo te llamas? El desconocido soltó un manotazo al vacío que por poco no derriba la taza que se le ofrecía. Joseph, sin inmutarse, pidió a Ricardo que le atara el brazo libre a la parihuela. Entonces le obligó a tragar el contenido de la taza. — Estoy acostumbrado a tratar con chusma como tú — le dijo — y si a mano viene, recurrir al látigo. Solamente te doy otra oportunidad, Responde: ¿Cómo te llamas? — Enrique — musitó. — Dilo más alto. — Enrique ni se inmutó. —¡¡¡Más alto, he dicho!!! — ¡¡Enrique!! — Así está bien. ¿Qué oficio tienes? — Soy labrador. — ¡Mientes! Eres soldado arquero. No intentes engañarnos. — Yo era labrador— musitó trabajosamente— cultivando unas tierras que me cedía el Señor. Era su mediero. Luego vino el Baronet, se quedó con las tierras del Señor y me echó. Me tuve que hacer soldado para que mis padres pudieran comer. — ¿Quién era ese Señor para quien tu trabajabas? — intervino Ricardo — ¿El Marqués de Barranco Viejo? — Si, ese. — ¿Y el borrico? — Es mío. — Nos mientes otra vez. Ese borrico no es tuyo. Además de ser un mal arquero eres un embustero. ¿Sabes leer? — No. No sé leer. — Si supieras leer, sabrías que este borrico es de las fuerzas militares de Capachota, está tatuado en su anca. — Ellos dijeron que me lo daban. — Pues te engañaron; y tú pusiste una cruz en un papel que tenias que firmar. ¿Verdad? — Sí. — Si no lo devuelves te acusaran de robo, ¿lo sabias? — Me lo dieron ellos, Igual que arco y las flechas. Y me enseñaron a usarles. — ¿A ti solo? — No. A los cuatro. — A los cuatro ¿eh? ¡Vaya, vaya! ¿Y como identificarais al Príncipe Pipino? — Viste elegante, cabalga un caballo blanco y luce el colgante de primogénito. Isabelito irrumpió en el lugar se hacía el interrogatorio, vio que Pipino se precipitó a agarrarse el lóbulo de la oreja derecha y resolvió empujarle con su cabeza hasta hacerle entender que tenía que salir de allí. Una vez alejado suficientemente, le susurró al oído “Se acercan dos monturas; están a unas dos mil toesas de aquí”. Pipino se dirigió a Ricardo para informarle que era urgente hacer un reconocimiento del entorno. — Conforme — dijo Ricardo — Pero antes te despojaras del jubón y nos mostrarás tu colgante de primogénito, Pipino. — ¡Mira! ¡Mira! No llevo ni tengo ningún colgante. — Yo ya lo sé. Pero Enrique, nuestro invitado, no lo sabía, ¿verdad?. Como tampoco sabia, por que nadie se le había dicho, que podía prender fuego al bosque arrasar todo lo que hay entre el río Ebro y el Francolí. ¿No creéis que todo eso es muy sospechoso? Os han tendido una trampa y los cuatro habéis caído en ella. — Dejaremos que Enrique reflexione y nos cuente más cosas — dijo Ricardo y añadió — Ahora ya te puedes ir, Pipino, pero ten mucho cuidado. A tu regreso cambiaremos de acampada. Armado con su imprescindible ballesta, montó a Isabelito y se alejó de las ruinas dando vueltas en torno ellas hasta que el fino olfato del caballo decidió el rumbo a tomar. Comments (2)
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